Hablaré por medio de parábolas, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo

Evangelio: Mateo 13,31-35

 

En aquel tiempo, les propuso otra parábola:

– Sucede con el Reino de los Cielos lo que con un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su campo. Es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece es mayor que las hortalizas y se hace como un árbol, hasta el punto de que las aves del cielo pueden anidar en sus ramas.

“Les dijo otra parábola:

– Sucede con el Reino de los Cielos lo que con la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta.

Jesús expuso todas estas cosas por medio de parábolas a la gente, y nada les decía sin utilizar parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el profeta:

Hablaré por medio de parábolas, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.

Las dos parábolas del grano de mostaza y de la levadura que expone Jesús tienen la finalidad de iluminar, ulteriormente, la comprensión del misterio del Reino de Dios con otros elementos significativos, pero transmiten una misma enseñanza. El punto de reflexión versa sobre la desproporción que existe entre los comienzos humildes y el desarrollo que se produce a continuación. El Reino de Dios está ya presente, aunque escondido, con la venida de Jesús, y actúa de una manera dinámica no por obra humana, sino por la gracia de Dios.

En efecto, la pequeña semilla de mostaza tiene en sí misma una energía tan potente que se transforma en una planta de notables proporciones, como leemos en el libro de Daniel: «Éstas son las visiones que cruzaron por mi mente mientras dormía: En medio de la tierra había un árbol de gran altura. El árbol creció y se hizo corpulento; su copa tocaba el cielo, y se veía desde los extremos de la tierra. [..] en sus ramas anidaban los pájaros del cielo» (4,7-9). Este árbol llega a alcanzar una altura de tres o cuatro metros en Palestina (vv. 31ss). Del mismo modo, un poco de levadura hace fermentar una cantidad de harina que puede alimentar a varias decenas de personas (v. 33). Así sucede también con el Reino de Dios y su palabra: parecen perdedores y derrotados en el presente, pero, en realidad, se dilatan y crecen de manera oculta hasta hacer fermentar toda la realidad humana.

En efecto, la fuerza interior y dinámica del Reino de Dios tiene tal poder que atrae y transforma toda la vida del hombre. También la Palabra de Dios, acogida e interiorizada en el corazón del creyente, produce la vitalidad interior que permite al Espíritu Santo actuar y conducir al cristiano a la vida eterna, es decir, a la experiencia vital de comunión y de intimidad con Dios, que es el resultado de un auténtico camino de vida espiritual (cf. Jn 4,13ss).

MEDITATIO

La pequeña parábola de la levadura que, de una manera silenciosa, hace fermentar toda la masa, enunciada en el evangelio de hoy, es muy sugestiva y apremiante. Se refiere, como la del grano de mostaza, aunque tal vez con un carácter todavía más incisivo, a la eficacia de la propuesta lanzada por Jesús. Ésta, en su aparente insignificancia a los ojos del mundo, precisamente por ser una carga de energía divina tiene en si misma tal fuerza que produce una transformación total. La parábola puede ser leída tanto en clave personal como social.

En la primera de estas dos claves de lectura, la parábola nos invita al cambio radical que la acogida del Evangelio supone en cada individuo: pensamientos, proyectos, actitudes, expectativas, aspiraciones, relaciones, todo debe ser «fermentado» por él. Esto nos impulsa a preguntarnos hasta qué punto la propuesta de Jesús ha transformado nuestra vida personal, en todas sus dimensiones. Por eso, nos invita a pensar si no nos habremos fabricado por nuestra cuenta aquel becerro de oro del que habla la primera lectura de hoy, aquel becerro de oro que el pueblo se construyó en el desierto y al que adoró corrí entusiasmo, como si fuera su dios. La experiencia atestigua que lo que el Evangelio no fermenta en nosotros acaba por convertirse en un ídolo al que, consciente o inconscientemente, rendimos culto.

En la segunda clave de lectura, la social, la parábola nos invita a pensar en la transformación de la convivencia colectiva que debería producir el Evangelio anunciado en su integridad, según las claras indicaciones proporcionadas por Pablo VI en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi. La propuesta del Reino de Dios debe calar como una levadura silenciosa, pero inconteniblemente eficaz, en las relaciones entre los grupos humanos en todos los ámbitos, erradicando de ellos todo lo que no vaya en la dirección de la «vida en abundancia» que Jesús ha venido a traer al mundo (cf. Jn 10,10), haciendo crecer así en su lugar todo lo que contribuya a tal vida. También en el ámbito estructural hay que reemplazar las «estructuras de muerte» por «estructuras de vida» (Juan Pablo II). Y nosotros, cada uno según su propia condición humana y eclesial, somos los afortunados responsables de esta tarea.

ORATIO

Has querido asociarnos, Señor, a la realización de tu gran designio de amor «para la vida en abundancia» del mundo. Nos has llamado a colaborar contigo en su fermentación. Te estamos muy agradecidos por haber confiado en nosotros y habernos hecho hijos tuyos.

Sin embargo, sabes todo lo que en nosotros no ha sido fermentado por tu invitación: no todo en nosotros ha sido evangelizado, y hay muchos recodos oscuros y tenebrosos en nuestros corazones. Con frecuencia nos descubrimos adorando los falsos ídolos que nos construimos como sucedáneos de tu Evangelio. Nos dejamos fascinar por otros proyectos, a veces míseros y mezquinos, que no forman parte de tu plan de salvación y de amor, y vamos abandonando nuestra inicial dedicación al mismo.

Perdona nuestra infidelidad y haz que tu Evangelio brille de tal modo ante los ojos de nuestro corazón que nos sintamos suavemente obligados a abrazarlo y a dejarnos levitar integralmente por él, permaneciendo fieles a tu Palabra de vida. Entonces daremos con alegría los frutos que tú mismo esperas de nosotros. Amén.

CONTEMPLATIO

Ya no te pensaba, oh Dios, no te pensaba con el aspecto de un cuerpo humano, pero no acudía a mi imaginación ninguna otra forma que te representara. Yo, hombre y este hombre, pretendía representarme a Ti, sumo y único verdadero Dios. Mi corazón se rebelaba violentamente contra todas estas representaciones sensibles. Pero apenas las había expulsado, en un abrir y cerrar de ojos ya habían vuelto, se me volvían a presentar a la vista, obnubilándola: no tenía, no, el aspecto de un cuerpo humano, pero, con todo, siempre estaba obligado a pensar en algo corpóreo que ocupaba materialmente un espacio […].

Mi mísero ánimo siempre andaba dando vueltas a consideraciones de este tenor. A pesar de ello, conservaba bien firme la fe en la Iglesia católica de tu Cristo, nuestro Salvador y nuestro Señor; una fe, es cierto, en muchos aspectos todavía tosca y que erraba fuera de la norma de tu enseñanza, pero que yo estaba bien decidido a no abandonar y de la que incluso me embebía cada día más (Agustín de Hipona, Le Confessioni, Milán 1991, 179-180.189 [edición española: Las confesiones, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid ‘1968]).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra:

«Ni el que planta ni el que riega son nada; Dios, que hace crecer, es el que cuenta» 1 Cor 3,7).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Le dije a John Eudes que durante muchos años me había imaginado que Dios rompería el espeso caparazón de mi resistencia revelándoseme de un modo tan intenso y convincente que me haría capaz de abandonar mis «ídolos», para entregarme a él sin condiciones. No demasiado sorprendido por tales fantasías, me respondió John Eudes: «Tú quieres que Dios se te aparezca

como quieren tus pasiones, pero estas pasiones, ahora, te ciegan frente a su presencia. Concéntrate en esa parte de ti mismo que no es víctima de las pasiones e intenta comprender, date cuenta de que allí está Dios. A continuación, deja que esa parte se desarrolle dentro de ti y de allí harás partir tus decisiones. Te sorprenderás al constatar cómo esas fuerzas que parecían invencibles se marchitan y desaparecen».

Estuvimos hablando de muchas otras cosas, pero lo que mejor recuerdo, del final de la conversación, es la idea de que debería hacerme feliz el hecho de tomar parte en la batalla, con independencia del desenlace de la misma. La batalla es real, peligrosa y decisiva. Arriesgamos en ella todo lo que poseemos; es como combatir contra un toro en la arena. Sólo sabemos lo que es la victoria después de haber participado en la batalla. Las personas que conocen el sabor de la victoria son muy modestas al respecto, porque han visto el otro frente y saben que hay poca cosa de la que jactarse. Las potencias de las tinieblas y las potencias de la luz están demasiado cerca los unas de las otras para poder ofrecer una ocasión a la vanagloria. Un monasterio representa esto. Aquí estamos en condiciones de reconocer el combate en los hechos de la vida cotidiana. Puede tratarse de algo pequeño, como el deseo de recibir una carta o el deseo de un vaso de leche. Permaneciendo en un único puesto se aprende a conocer muy bien el campo de batalla (H. J. M. Nouwen, La soledad, el silencio, la oración: espiritualidad del silencio y sacerdocio contemporáneo, Obelisco, Barcelona 2002]).