Mensaje del Santo Padre Francisco a los Hermanos Maristas en el bicentenario de la fundación de la congregación

Al hermano Emili Turú Rofes
Superior General de los Hermanos Maristas

Querido hermano:

Me es grato saludarlo y a través suyo a toda la familia Marista, con motivo del bicentenario de la fundación de su Congregación, durante el cual celebrarán el XXII Capítulo general que tendrá lugar en Colombia. Han deseado preparar esta efeméride bajo el lema «un nuevo comienzo», en el que está sintetizado todo un programa de renovación que supone mirar con agradecimiento el pasado, discernir el presente y abrirse con esperanza al futuro.

La gratitud es el primer sentimiento que brota del corazón. Se necesita esta actitud de reconocimiento para valorar las obras grandes que Dios ha hecho a través de ustedes. Así mismo, dar gracias nos hace bien; nos ayuda a reconocernos pequeños ante los ojos del Señor y deudores de una tradición que nos ha sido dada sin haber hecho nada por nuestra parte. Ustedes pertenecen a una gran familia rica de testigos que han sabido donar sus vidas por amor a Dios y al prójimo con ese espíritu de hermandad que caracteriza a la Congregación y que convierte al otro en «hermano muy querido para mí» (Flm 16). Estos dos siglos de existencia se han transformado a su vez en una gran historia de entrega en favor de niños y jóvenes, que han acogido a lo largo y ancho de los cinco continentes y los han formado para que fueran buenos ciudadanos y, sobre todo, buenos cristianos. Estas obras de bien son expresión de la bondad y misericordia de Dios que, a pesar de nuestras limitaciones y torpezas, jamás se olvida de sus hijos.

Sin embargo no basta contemplar el pasado, sino que es necesario realizar un discernimiento del momento presente. Es justo que se examinen y es bueno que lo hagan a la luz del Espíritu. Discernir es reconocer con objetividad y caridad el estado actual, confrontándolo con el espíritu fundacional. San Marcelino Champagnat fue un innovador para su tiempo en el ámbito educativo y de la formación. Él mismo experimentó la necesidad del amor para poder sacar a relucir las potencialidades que cada chico lleva escondidas dentro de sí. Su santo Fundador decía: «La educación es para el niño lo que el cultivo es para el campo. Por muy bueno que este sea, si se deja de arar, no produce más que zarzas y malas hierbas». La tarea del educador es de entrega constante y tiene una carga de sacrificio; sin embargo la educación es cosa del corazón, esto la hace diferente y sublime. Estar llamados a cultivar exige antes que nada cultivarse ustedes mismos. El religioso-educador tiene que cuidar su campo interior, sus reservas humanas y espirituales, para poder salir a sembrar y cuidar el terreno que le han confiado. Deben ser conscientes que el terreno que trabajan y moldean es «sagrado», viendo en él el amor y la impronta de Dios. Con esta dedicación y esfuerzo, fieles a la misión recibida, contribuirán a la obra de Dios, que los llama a ser sencillos instrumentos en sus manos.

Finalmente, los animo a que se abran con esperanza al futuro, caminando con espíritu renovado; no es una ruta diferente, sino vivificada en el Espíritu. La sociedad de hoy necesita personas sólidas en sus principios que puedan construir un mundo mejor para todos y dar testimonio de lo que creen. El lema de su Instituto religioso es ya todo un proyecto de vida: «Todo a Jesús por María, todo a María para Jesús». Es confiar en María y dejarse guiar por ella en su humildad y servicio, en su prontitud y entrega silenciosa; son actitudes que el buen religioso y educador tienen que transmitir con su ejemplo. Los jóvenes reconocerán en su modo de ser y actuar que hay algo de extraordinario y comprenderán que merece la pena no sólo aprender estos valores, sino sobre todo interiorizarlos e imitarlos. María los acompañará en este propósito y, junto a ella, ratificarán su vocación, contribuyendo a crear una nueva humanidad, donde el vulnerable y el descartado sean valorados y amados. Este futuro que desean y por el que sueñan no es una ilusión, sino que se construye desde hoy, diciendo «sí» a la voluntad de Dios en la certeza que él, como Padre bueno, no defraudará nuestra esperanza.

Agradezco al Señor y a María, Nuestra Buena Madre —como a san Marcelino le gustaba llamarla—, la presencia en la Iglesia de su vocación y servicio, y pido para ustedes el don del Espíritu Santo para que, movidos por él, lleven a los niños y jóvenes, como también a todos los necesitados, la cercanía y la ternura de Dios.

Vaticano, 10 de abril de 2017

Francisco