MENSAJE EN EL II ANIVERSARIO DE MI SERVICIO PASTORAL ARZOBISPO FRANCISCO

                                                           

EN EL II ANIVERSARIO DE MI SERVICIO PASTORAL

ARZOBISPO FRANCISCO

ARQUIDIÓCESIS DE TIJUANA

 

Estimados hermanos en Cristo Jesús:

Al inicio de mi servicio pastoral en esta Arquidiócesis de Tijuana, asumí ante ustedes con gozo y responsabilidad la misión que me confió el Papa Francisco y cerré mi primer mensaje con estas palabras: “Viviré en medio de ustedes como el que sirve… Hoy me consagro por completo al servicio de esta amada Arquidiócesis de Tijuana… Todo lo haré pensando siempre en ustedes, en esta radiante esposa de Cristo que es la Iglesia, a la que prometo amor y fidelidad”.

En el segundo aniversario de mi llegada a esta Arquidiócesis y a la luz de la Palabra de Dios que se ha proclamado, retomo ese primer mensaje pastoral, que ha orientado nuestro caminar.

A mis sacerdotes del presbiterio de Tijuana les dije: “Ustedes son para mí un regalo especial que me da el Señor y que recibo con alegría y gratitud. Los llevo en mi corazón desde antes de conocerlos y quiero ser para ustedes un padre, un hermano y un amigo. Los invito a trabajar juntos en la viña del Señor y a construir la unidad en nuestra Arquidiócesis, a partir de una profunda conversión personal, comenzando por mí mismo.

Estoy convencido de que la renovación de la Iglesia está en el corazón del sacerdote. La Iglesia necesita sacerdotes sabios y virtuosos, pero ante todo necesita sacerdotes santos, cercanos a su gente, misericordiosos y con olor a oveja.

Lo que más anhela nuestra gente de sus sacerdotes es verlos unidos entre sí y en torno a su obispo. Ese es el signo que hace creíble a Jesús a los ojos del mundo. Él se ha puesto en nuestras manos y quiere ser reconocido y aceptado como el enviado del Padre por la unidad vivida entre nosotros, según lo expresó en el Evangelio: “Padre, que todos sean uno como Tú y Yo somos uno, para que el mundo crea que Tú me has enviado”. (Jn. 17, 21).

 

…Los exhorto a abrir su corazón a todos sus hermanos presbíteros y diáconos de nuestro presbiterio de Tijuana, a no dejar fuera a ninguno, aún aquellos con los que haya alguna dificultad. Yo me veo en medio de ustedes como padre de la relación y constructor de la unidad y del amor.

Si nosotros vivimos unidos en el amor, si somos hermanos y amigos, las tareas pastorales serán más llevaderas y seremos capaces de superar los vientos y tempestades que amenacen a la Iglesia de Cristo”.

 

Queridos padres y diáconos, para avanzar en la conquista de estos maravillosos ideales sacerdotales, ustedes han sido mi prioridad pastoral. Mis primeros encuentros los viví con ustedes como presbiterio y después por decanatos. He propiciado la relación personal entre nosotros y les he acompañado, de acuerdo a nuestra agenda sacerdotal, en reuniones, retiros mensuales, encuentros de párrocos y vicarios, cursos y celebraciones. Fue especialmente significativa la Experiencia de Renovación Parroquial que vivimos durante cinco días y los recientes ejercicios espirituales en torno a la pastoral presbiteral.

Queridos sacerdotes, desde el día de su ordenación, ustedes fueron escogidos entre los hombres como colaboradores cercanos de su obispo y por eso fueron ungidos y enviados para llevar la Buena Nueva a los pobres. ¡Qué gran privilegio y qué enorme responsabilidad!

En la carta a los Hebreos, hemos escuchado cómo el pueblo de la Iglesia anhela y necesita sacerdotes que sean comprensivos desde su propia debilidad y pecado. Por eso, Jesús elevó al Padre su oración por nosotros: “Padre, cuida en tu nombre a los que me has dado… santifícalos en la verdad”.

Alabo al Señor por este presbiterio que me ha obsequiado y al que seguiré acompañando como padre, hermano y amigo. Les agradezco su disposición y actitud sacerdotal ante los servicios pastorales que les he requerido a nivel diocesano y parroquial, así como su respuesta generosa y sacrificada, para caminar juntos y crecer en la íntima fraternidad sacerdotal.

A mis hermanos religiosos y a mis hermanas religiosas me dirigí como los “hombres y mujeres que han consagrado radicalmente su vida al Señor, en el servicio a sus hermanos y asumiendo los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. Vivan con gozo y autenticidad su opción por Cristo, intégrense en la vida diocesana aportando lo mejor de su carisma y dimensionando su consagración encarnados en esta iglesia particular de Tijuana. Ustedes, unidos entre sí y con su Arquidiócesis, son un potencial evangelizador enorme. Anhelo estar cercano a ustedes y enriquecerme con su testimonio de vida”.

Hermanas y hermanos de la vida consagrada: Lo primero que les ratifico con mucho cariño es que todos los sacerdotes religiosos son parte del presbiterio de Tijuana y que seguiré promoviendo con amor  su pertenencia afectiva y efectiva a él.

Cada día valoro más la riqueza de sus carismas propios y anhelo que juntos encontremos los caminos para que cada congregación camine a ritmo de Iglesia, integrándose en la vida pastoral de la Arquidiócesis, de modo que nadie vaya por su lado, seamos más eficaces en la Evangelización y demos testimonio de la unidad que Jesús quiere de nosotros. En esto ayudará la visita pastoral que, acompañado del vicario episcopal para la vida consagrada, haré a cada congregación.

A mis queridos seminaristas los saludé como a “jóvenes valientes que han respondido con generosidad a la llamada del Señor” y les indiqué: “Prepárense para que sean los futuros sacerdotes que necesita nuestra Arquidiócesis de Tijuana”.

 

El seminario es el corazón de la Diócesis. Por eso, ocupa un lugar privilegiado en mi ministerio episcopal. Confío al equipo formador la delicada e importante tarea de acompañar en su formación inicial a los sacerdotes del mañana. Sin embargo, todos los que integramos esta Arquidiócesis estamos llamados a ser promotores vocacionales, sembrando y cultivando la semilla de la vocación sacerdotal en los niños, adolescentes y jóvenes, llamándolos al sacerdocio y acompañándolos en su proceso vocacional desde la familia y la parroquia. Queridos seminaristas, la Iglesia y su obispo los aman y confían en que ustedes dejarán sus redes para seguir al Señor. ¡No tengan miedo!  Con Cristo y en el servicio a su Iglesia encontrarán el camino de su verdadera felicidad.

A mis hermanas y hermanos laicos les expresé: “Es muy poco lo que podemos hacer los obispos, presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas sin la colaboración de todos los bautizados. Hoy es el tiempo de los laicos.  Ustedes son el gigante dormido que tiene que despertar. Necesitamos darles el lugar que les corresponde en la Iglesia, para que vivan su vocación de discípulos y misioneros de Jesucristo. Para ello, impulsaremos su formación que los lleve al encuentro con el Señor, para que lo anuncien con la palabra y el ejemplo en los ambientes de su vida diaria.

…En la medida de sus posibilidades, los necesitamos colaborando dentro de las estructuras de la Iglesia; pero a todos y sin excepción los necesitamos en el mundo, como fermento en la masa, dando testimonio de su fe en Cristo Jesús en sus hogares, en el trabajo, en la cultura, en la economía, en la política, en el deporte, en los cargos públicos, en la empresa, en los medios de comunicación; en una palabra, ahí donde se desenvuelven a diario”.

Queridas hermanas y hermanos laicos, estoy convencido del enorme potencial evangelizador que hay en ustedes. Por eso, constantemente he levantado la voz a lo largo y ancho de la Arquidiócesis para resaltar su dignidad de bautizados, confirmados y de esposos sacramentados, y para llamarlos a participar dentro de las estructuras de la Iglesia y, sobre todo, como misioneros en el mundo y en la sociedad.

Por eso, les vamos ofreciendo con sus sacerdotes recursos pastorales que propicien su crecimiento como laicos: Les escuché en la Visita Pastoral a su parroquia, les hemos ofrecido la Experiencia de Renovación Parroquial a nivel diocesano y en varias de sus parroquias, se han visto involucrados en la Asamblea Diocesana de Pastoral que inició en cada parroquia, continuó a nivel diocesano y concluyó nuevamente en su parroquia.

El fruto de esta Asamblea Diocesana fue la integración en cada parroquia del nuevo Consejo Parroquial de Pastoral, el organismo más importante en la vida de la parroquia y brazo derecho de su párroco. Hoy convoco a todos los Consejos Parroquiales de Pastoral a un curso de formación sobre la Sinodalidad en la Iglesia, del 25 al 28 de septiembre de este año, porque ustedes son los primeros que han de vivir y promover con su párroco en su comunidad la sinodalidad, es decir, caminar juntos.

En el Encuentro Decanal de los nuevos Consejos Parroquiales de Pastoral, los padres de cada decanato hicieron el llamado a un laico, mujer u hombre, para que se integre al Consejo Diocesano de Laicos, el cual, en representación de todos los laicos de la Arquidiócesis, será quien aconseje y oriente a su obispo. Con gran alegría, hoy convoco a los integrantes del Consejo Diocesano de Laicos a nuestra primera reunión, el jueves 20 de septiembre de este año, a las 7.00 p.m., en el salón episcopal, junto al seminario mayor.

A mis valiosos laicos les digo, en nombre del mismo Cristo: tengo puesta mi esperanza en ustedes y estoy seguro que, con una buena formación y con un espíritu generoso, harán posible la Misión Permanente, que pronto impulsaremos con gran fuerza en toda nuestra Arquidiócesis.

En esta asamblea eucarística les comparto que el eje central de mi mensaje, al inicio de mi servicio pastoral, fue el llamado a abrir el corazón a Cristo y a construir una Iglesia diocesana unida en el amor. Les propuse como único plan vivir el Evangelio, discernir continuamente cuál es la voluntad de Dios para nuestra Arquidiócesis y dejarnos conducir siempre por el Espíritu Santo.

Si continuamos en este empeño, iremos dando a nuestra Arquidiócesis un rostro más atractivo, el rostro de Jesús Resucitado. Nosotros, como Iglesia, no vivimos para nosotros mismos, vivimos para los demás. Lo que experimentamos como discípulos de Jesús, no lo podemos guardar solo para nosotros, tenemos la urgencia de llevarlo como misioneros suyos a todos los que nos rodean. Por eso, sigamos edificando una Iglesia misionera de puertas abiertas, para que muchos entren en ella y para salir al encuentro de los alejados, de los que han abandonado la Iglesia y de los que no creen, a fin de compartirles nuestra experiencia de relación con Cristo y ellos también le abran su corazón.

Esta experiencia de relación con Cristo en su Iglesia nos impulsa a involucrarnos en las causas más sentidas de la comunidad humana y a mostrarnos misericordiosos y solidarios con los pobres, los enfermos, los migrantes y los pecadores. De esta manera, queremos ser fermento en el mundo y en la sociedad, para transformarlos con los valores del Evangelio.

Desde mi llegada a esta Arquidiócesis, he vivido intensamente mi ser y quehacer episcopal en medio de ustedes. La comunidad eclesial, a la que decidí amar aún antes de conocerla, tiene ahora para mí un rostro bien definido. Conozco su belleza y sus limitaciones y así me encanta. Por eso, ante Jesús Eucaristía y ante todos ustedes, mi Arquidiócesis de Tijuana, renuevo hoy con alegría mi compromiso de amor y fidelidad.

Seguiremos peregrinando como Iglesia Particular en la perspectiva de un Sínodo Diocesano, al que convocaré en la solemnidad de Cristo Rey, en comunión con el Santo Padre Francisco, unidos en el amor y bajo el impulso del Espíritu Santo. Que nos acompañe siempre el cuidado maternal de la Santa Patrona de nuestra Arquidiócesis, la Virgen de Loreto. Amén.

 

 

 

+MONS. FRANCISCO MORENO BARRÓN

ARZOBISPO DE TIJUANA

 

 

 

Futura Catedral de Tijuana, dedicada a Nuestra Señora de Guadalupe, Zona Río, agosto 11 de 2018