Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para su cosecha

Evangelio: Mateo 9,32-38

Cuando Jesús se fue, lo siguieron dos ciegos, gritando: “Ten piedad de nosotros, Hijo de David”. Al llegar a la casa, los ciegos se le acercaron, y él les preguntó: “¿Creen que yo puedo hacer lo que me piden?”. Ellos le respondieron: “Sí, Señor”.  Jesús les tocó los ojos, diciendo: “Que suceda como ustedes han creído”. Y se les abrieron sus ojos. Entonces Jesús los conminó: “¡Cuidado! Que nadie lo sepa”. Pero ellos, apenas salieron, difundieron su fama por toda aquella región.

En cuanto se fueron los ciegos, le presentaron a un mudo que estaba endemoniado. El demonio fue expulsado y el mudo comenzó a hablar. La multitud, admirada, comentaba: Jamás se vio nada igual en Israel”. Pero los fariseos decían: “Él expulsa a los demonios por obra del Príncipe de los demonios”.

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.  Entonces dijo a sus discípulos: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos.  Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para su cosecha”.

ORATIO

Señor, ¿qué es el hombres, para que te ocupes de él? ¿Qué es un hijo de hombre, para que pienses en él? Tu amor es como los montes más elevados, tu ternura como un gran abismo. Tú eres el Dios que lo sabe todo, conoces a cada hijo por su nombre. Has creado al hombre como un prodigio, lo has plasmado con tus manos, has infundido en él tu sabiduría y tu aliento de vida. Tú eres el Dios bueno que no goza con la muerte del pecador: lo que quieres es que se convierta y viva. Por eso, Dios mío, te cantaré un canto nuevo, tocaré para ti el arpa de diez cuerdas, porque tu fidelidad dura para siempre y tu amor por todas las generaciones.

Que tu alabanza se extienda hasta los confines de la tierra, que tu belleza renueve la faz de toda la tierra, porque sólo en ti, oh Señor, se encuentran el poder y la fuerza, sólo en ti la belleza y el esplendor; tú eres el Dios que lo sabe todo, y tus obras son rectas.

Bendito seas, oh Padre, roca mía, en tu Hijo Jesús, mi hermano y Señor: tú das plenitud al tiempo de mi existencia, das nuevo vigor a mi lengua seca, vuelves a abrir mis ojos, refuerzas mis rodillas debilitadas, porque he combatido contigo, Señor, y has prevalecido; me has seducido y yo me he dejado seducir. Tú eres mi bendición: bendíceme, Señor, mi Dios y mi todo. Te amo, Señor, fuerza mía.

 

Mons. Salvador Cisneros

Parroquia Santa Teresa de Ávila