Mensaje Cuaresma

A los Sacerdotes, Religiosos (as), Laicos comprometidos, Pueblo de Dios:

Muy queridos hermanos y hermanas en el corazón de Cristo y de María:

“Arrepiéntanse y crean en el Evangelio” estas palabras de Jesús al inicio de su vida pública, y que escuchamos al inicio de esta cuaresma, adquieren hoy una gran relevancia, pues, el reconocimiento de nuestra humana debilidad  tiene sentido cuando esta se entrega por la fe a quien nos trae la Buena Noticia del Reino de Dios.

La humanidad se encuentra en constante dinamismo, se innova a sí misma, y abre nuevos espacios en todos los campos de la ciencia, la tecnología, la economía, la política. Como cristianos podemos preguntarnos qué sentido tienen estos avances, ¿Son válidas todas las propuestas que se nos ofrecen? ¿Nos hacen más humanos? ¿Nos dignifican? ¿Acrecientan los valores del espíritu? ¿Son moralmente aceptables?

Todo este torrente de cambios y ofertas que el mundo ofrece no es capaz de dar la felicidad plena, ni da respuesta al sufrimiento humano, ni solución a la crisis que vive actualmente. Solución de raíz. Por tal motivo el anuncio del Evangelio continúa siendo un desafío para los hombres y mujeres de hoy y para la Iglesia misma. Es conveniente revisar el modo de entenderse como Iglesia y como sociedad.

Para el creyente el punto de partida es volver al Evangelio, volver a Dios. La experiencia de Dios no es una doctrina sino una vivencia que genera una nueva actitud, la instauración del Reino de Dios en el corazón del mundo, de la familia, de la persona, entonces estaremos respondiendo desde la persona humana a la creación de una nueva cultura.

Este cambio de actitud, de mentalidad no exime enfrentar pruebas y crisis, más, cuando en lugar  de comprender que somos peregrinos hacia la casa del Padre, se quiere construir un paraíso terrenal, que es causa de desenfrenos por la ambición y el poder, por la riqueza y el placer que tantos males acarrean principalmente a la juventud. Se vive pareciera una gran ausencia de Dios, y cuando Dios no forma parte de la vida aparece el mal, este no está en la conciencia de culpa, pero sí, la incidencia del mal acaba con la conciencia de culpa sede de la moralidad.

No basta transformar las estructuras, sino es necesario transformar el corazón del hombre, un corazón nuevo, purificado de todo lo que le aparte del bien, un corazón de carne (Cfr. Sal 50; Ez 36, 26ss), que escucha la ley del Espíritu grabada en su conciencia, núcleo más sagrado donde Dios habla al hombre.

Volver nuestra mirada no al pecado sino a la gracia, no al odio sino al amor haría más ligera la carga que el peso de la vida y sus sinsabores nos causan malestar y sufrimiento. El relato de la transfiguración (Mc 9, 1-9) es la invitación de Jesús a volver nuestra mirada a Dios, y al mismo tiempo la invitación del Padre a “escuchar a su Hijo amado”, y caminar con él a la gloria de la resurrección.

El camino de arrepentimiento y conversión, es pues, este transfigurarse en Jesús, y transfigurase es vivir con este corazón que reconoce a Dios como principio y fundamento de todo lo creado. Transfigurarse en Jesús es transfigurar toda nuestra realidad en una vivencia de amor, amor entendido como caridad, donación, entrega, generosidad, desprendimiento, servicio, sacrificio.

El amor hace a un lado el egoísmo, la vanidad, no busca el provecho propio, y cree con esperanza que un día seremos transformados cuando contemplemos la gloria de Dios, todo pasará pero nunca el amor (cfr. 1Cor 13).

La fuerza creadora del amor no puede quedarse al margen de los cambios que en todos los ámbitos genera la globalización, sino insertarse de tal forma que suscite un mundo más justo, más humano, donde el dialogo propicie la búsqueda sincera de la verdad, la recta comprensión y protección de los derechos humanos, los cuales están llamados a defender la vida y no la muerte.

Esta tarea no depende únicamente del Estado, nosotros como Iglesia estamos llamados de una manera especial a responder con nuestro compromiso solidario, participando, aportando, actuando, para que se consolide una verdadera civilización del amor.

Amar desde la Iglesia, amar a la Iglesia, es prioritario, el amor produce comunión entre los pastores y los fieles, sentido de pertenencia, ayuda y colaboración en los proyectos, unión en los esfuerzos y compromisos.

Amar desde la Iglesia, amar a la Iglesia, es no escatimar tiempo ni recursos, porque el tiempo apremia, la caridad a quien más lo necesita no puede esperar, la defensa de la vida no se puede postergar, la lucha por la justicia no puede decaer.

Amar desde la Iglesia, amar a la Iglesia es llevar el amor de Dios a cada hogar, a cada persona. Como discípulos y misioneros estamos llamados a abrir surcos nuevos en nombre del amor, el amor de Dios que transforma a toda persona que busca con sinceridad la verdad y la libertad, la justicia y la paz.

Anhelo profundamente que en este Año de la Conversión Pastoral hacia las Familias, toda acción, cada actitud tenga como fuente de inspiración el Amor de Dios, de tal forma, que impregne nuestras familias, movimientos, pastorales y seamos así signos visibles del amor de Dios.

Elevo con fe mi oración a Santa María Virgen, que con amor de Madre, donó a su Hijo a la gran familia de Dios, que interceda por nosotros para que como ella amemos a Cristo Jesús como ella lo amó.

 

 

+ Rafael Romo Muñoz
Arzobispo de Tijuana

 

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