Homilía del Arzobispo sobre la transfiguración de Jesús

Este domingo la iglesia celebra la transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo. Como hemos escuchado Jesús camino a Jerusalén antes de ser entregado a la pasión y a la muerte por sus mismos paisanos, los judíos, subió a un monte y se llevó consigo a Pedro, Santiago y Juan. Tres de los apóstoles más cercanos a él, tres apóstoles que profundizaron mucho la relación con Jesús, y hemos escuchado cómo en el monte se transfiguró en presencia de ellos, de tal manera que su rostro era el mismo sol y sus vestiduras tan blancas como la nieve. Pero sobre todo se escuchó aquella voz, que era la voz del Padre celestial: este es mi hijo amado en quien tengo mis complacencias, escúchenlo.

De esta manera Cristo Jesús queda a la vista de sus apóstoles como el Mesías, el Hijo de Dios, el enviado del Padre. Los apóstoles fueron testigos de muchas situaciones difíciles que enfrentó Jesús en la vida y que lo hicieron padecer, sufrir.

Jesús es un verdadero Dios, el único y verdadero Dios hecho hombre, pero tan humano que tiene hambre, que tiene sed, que llora, que sufre, pero ahora antes de llegar a la pasión en la que los apóstoles verán a Jesús sometido al juicio de los hombres, sufriendo hasta la muerte, y muerte de cruz para fortalecerlos en su fe.

Jesús en su presencia les manifiesta su gloria, les hace ver que verdaderamente es Dios encarnado y que si escogió el camino del sufrimiento y de la muerte en cruz, es porque corresponde al plan de amor y salvación de Dios a través de Jesús para todos los hombres.

Contemplando aquella transfiguración donde estaban presente también Moisés y Elías, que habían muerto muchos años antes, que le dicen a Jesús “Señor quedemos aquí. Hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés, otra para Elías. Quedémonos aquí”. Ni siquiera pensaban en ellos. Estaban tan a gusto, tan contentos, pero Jesús les dice: “vamos a bajar del monte porque tengo que enfrentar mi pasión y mi muerte”.

Dios en Jesús no solamente nos ofrece en la vida momentos de felicidad, de fiesta, de alegría. Seguir a Jesús conlleva también sufrimiento, sacrificio. Tenemos que cargar nuestra cruz diaria: la cruz del trabajo, de las responsabilidades, de nuestro estado de vida.

Tenemos que aprender a sufrir unidos a Cristo Jesús la enfermedad, los problemas morales y aun la muerte de nuestros seres queridos.

La vida del cristiano es muy hermosa cuando se vive íntimamente unida a Cristo Jesús.

Hoy en esta fiesta de la transfiguración nosotros convenzámonos que nuestro Dios hecho hombre, Jesucristo, él es el único y verdadero Dios y salvador nuestro. Y decidamos seguir a Jesús en los momentos de gozo, de fiesta, de prosperidad. Pero también en los momentos de adversidad, en los momentos difíciles de nuestra vida diaria.

La consagración según la voluntad del mismo Cristo que les dijo a sus apóstoles en la última cena: “hagan esto en conmemoración mía”.

De manera que esta transfiguración eucarística nos va a permitir a través de los velos humildes del pan y del vino encontrarnos con Cristo y disfrutar de su presencia. Se ofrece al Padre por nosotros y luego se nos da hecho comida en la comunión.

Que en cada Misa sea un encuentro con Cristo vivo como lo vivieron Pedro, Santiago y Juan en el monte el día de la transfiguración. Por eso la Santa Misa es la fiesta de la fe, y por eso hemos de vivirla intensamente desde el principio hasta el fin, sin distracciones, concentrados en el misterio que estamos celebrando y de ser posible participando en la comunión, en la participación plena de la asamblea eucarística del banquete del Señor.

Celebremos pues esta Santa Misa para encontrarnos con Cristo vivo, Dios y hombre verdadero, nuestro Señor y salvador el que le da sentido a nuestra vida y decidámonos a vivir como discípulos suyos siguiéndolo en las alegrías y en las penas, en los momentos de éxito y en los momentos de fracaso, aun en los momentos de vida intensa en la gracia de Dios, y también en la fragilidad del egoísmo y del pecado levantándonos de ahí para seguir cada vez con mayor gozo y plenitud a Jesús, de acuerdo a nuestra gran dignidad de bautizados, a nuestra vocación cristiana.