Una historia de familia

Son  famosos los personajes de la parábola del Hijo Pródigo. En Cuaresma nos acordamos más de la bondad de Dios. Nos volvemos a Él, llenos de confianza, porque Él «arrojará nuestros pecados a lo hondo del mar». Pero esta historia nos pone ante una alternativa: ¿en cuál de las tres figuras nos vemos reflejados? ¿Actuamos como el padre? El respeta la decisión de su hijo, aunque seguramente no la entiende ni la acepta. Y cuando le ve volver le hace fácil la entrada. Y nosotros, ¿Sabemos también acoger al que vuelve? ¿Le damos un margen de confianza, le facilitamos la rehabilitación? ¿O le recordamos siempre lo que ha hecho, pasándole factura de su fallo? ¿Actuamos como el hijo pródigo? Cuando oímos hablar del «hijo pródigo», ¿nos acordamos sólo de los demás, o nos incluimos nosotros también en esa historia del bien y del mal, que existe en nuestra vida? ¿Nos hemos puesto ya, en esta Cuaresma, en actitud de conversión, de reconocimiento humilde de nuestras faltas y de confianza en la bondad de Dios, dispuestos a volver a él y serle más fieles desde ahora? ¿O actuamos como el hermano mayor? Él no acepta que al pequeño se le perdone tan fácilmente. Tal vez tiene razón en querer darle una buena lección. Pero Jesús contrapone su postura con la del padre comprensivo. ¿Somos intransigentes, intolerantes? ¿Sabemos perdonar o nos dejamos llevar por la envidia y el rencor? ¿Miramos por encima del hombro a «los pecadores», sintiéndonos nosotros «justos»?La Cuaresma debería ser tiempo de abrazos y de reconciliaciones. No sólo porque nos sentimos perdonados por Dios, sino también porque decidimos conceder amnistía a aquella persona de la que estamos alejados. 

Monseñor Salvador Cisneros Gudiño

Parroquia Santa Teresa de Ávila

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