Felicidades, hermosos niños, alegría del mundo

Tiernos amigos  y fieles lectores: con los primeros rayos de mayo los saludo con mis mejores deseos: que el mes que apenas arranca, traiga toda clase de bendiciones celestiales para todas  las  iniciativas y actividades  que emprendan y que aquellas  decisiones que vayan a tomar, sean lo más atinadas y sensatas posible y lleguen a buen puerto.  Que la gracia de Dios los acompañe cada día y cada instante de este mes.  Se trata de un mes muy  bonito por todos conceptos. También porque el final (del curso académico) se acerca ya. Las vacaciones no están tan lejos. En las efemérides, nos acordamos, por ejemplo del 1 de mayo, “día del trabajo”,  de los trabajadores  y del complejo, retador e interesante mundo laboral. Me refiero a la dignidad de los trabajadores, a la grandeza del trabajo fecundo hecho  con tesón, energía y paciencia. Con el trabajo contribuimos en la transformación de esta tierra tan hermosa que Dios nos ha entregado.  El trabajo se fragua entre dos fuerzas:  el capital o la empresa y el trabajo mismo.  El trabajo genera una ganancia. Ha de desarrollarse en un clima de respeto mutuo. Es gracias al trabajo que podemos llevar el “pan de cada día” ( el chivo pues) a nuestros hogares. El sindicalismo, entiendo el “buen” sindicalismo,  es una forma de asociación de los trabajadores para protegerse, para superarse, para unirse, (no tanto para “grillar”).  Es preciso que los trabajadores puedan expresar con libertad sus inquietudes. Cuando Dios dijo a  nuestros padres Adán y Eva: “dominad la tierra” quería entregarles el cuidado, la administración, la gestión de esta tierra bendita.  Además el primero de mayo se celebra la festividad de San José Obrero, el patrono de los trabajadores. Jesús era conocido como “el hijo del carpintero”.   Aprendió también el oficio. Como se dice: “hijo de tigre, pintito” o “de tal palo, tal astilla”.  El 5 de mayo recordamos la batalla de Puebla. Los franceses invadieron  México porque querían  cobrarse  “a lo chino” la deuda de nuestro país. Por eso hay sobre todo en Jalisco tantos “de ojo azul”. En la batalla escenificada en la cercanía de Puebla de los Ángeles,  el 5 de mayo de 1862,  el general Ignacio Zaragoza resulta  victorioso. Murió pronto de apenas 33 años. No quisiera ser malinchista, pero es una de las poquísimas batallas que hemos ganado. Tampoco puedo saber  si ganaremos esta tan sanguinaria que estamos librando contra el ”narco”. El día 10 recordamos a las madres. Habrán de recibir: flores, abrazos, besos, felicitaciones, obsequios, lágrimas, canciones, palabras de cariño,  plegarias, que las harán felices. Les diremos que valen oro. El día 15 recordaremos, ya casi al final del ciclo académico, a los maestros. Ellos han estado cerca de nosotros en aquellos años en los que más necesitamos de su sabiduría. Son ellos y ellas como fuentes en las cuales abrevamos nuestra sed de saber. Pero de ninguna manera me estoy olvidando de los niños. Lejos de mí. Quiero recordar a la hermosa  niña Paulette de apenas 4 abriles  a la que encontraron muerta por asfixia “mecánica” en su misma camita en medio de un tremendo misterio que nadie puede desentrañar.  Pero también pienso en los niños  anónimos que van arrastrando una niñez infeliz.  Están sometidos a un sufrimiento demasiado duro  para sus tiernos años.  Ellos merecen algo que la sociedad les ha negado. Pienso  en  los niños víctimas de abusos y explotación de toda índole: sexual, laboral, doméstica, familiar, urbana. La sociedad entera tiene una deuda con los niños. Que sus derechos sean tutelados. Derecho a tener una familia, a la salud, a una educación, a una buena alimentación (no de chatarra). Derecho a disfrutar su infancia. Derecho a jugar. Felicidades, hermosos niños, alegría del mundo.  Escríbanme.

Monseñor Eduardo Ackerman Durazo

Parroquia Santa María Reina de la Paz

eduardoackerman@yahoo.com.mx  

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