¿Quién es mi prójimo?

La parábola del buen samaritano es aparentemente una historia en la que Jesús no aparece. Y sin embargo lleva claramente su marca; nadie más que él podía contarla en estos términos: que los que debían practicar la misericordia, el sacerdote y el levita, se muestren indiferentes y pasen de largo, y que sea precisamente el extranjero el que tenga compasión del malherido «medio muerto», lo cure, le vende las heridas, lo cuide y, tras su marcha, siga preocupándose de él.

Sólo Jesús puede contar esto así, pero no por sus sentimientos humanitarios, sino porque lo que hace el extranjero con el malherido, él mismo lo ha hecho por todos más allá de toda medida.

El samaritano es un pseudónimo de Jesús, y cuando se dice al letrado: «Haz tú lo mismo», se le está invitando a imitar a Cristo.

Un humanista habría hecho algo a medio camino entre la omisión descarada de los dos primeros y la maravillosa obra de misericordia del tercero: quizá se habría dirigido a un puesto de guardia de los samaritanos, habría dado su informe y después habría proseguido su camino.

En la sobreabundancia de la obra de misericordia se encuentra el sello de Cristo, algo que remite a la respuesta que Jesús había dado cuando se le preguntó qué hay que hacer para heredar la vida eterna:

«Amarás con todo tu corazón», no sólo a Dios, sino también al prójimo.

 

Mons. Salvador Cisneros

Parroquia Santa Teresa de Ávila

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