Conferencia que el Arzobispo dio en la Universidad de San Diego

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MIGRACIÓN EN LA FRONTERA DE TIJUANA, NUEVO GOBIERNO EN ESTADOS UNIDOS  E INTEGRACIÓN DE INICIATIVAS CATÓLICAS

 

Señoras y Señores:

Esta exposición sobre migración quiere ser, ante todo, un compartir desde mi mirada de pastor.

La migración es una realidad antigua y muy actual, pues los seres humanos siempre han buscado mejores condiciones de vida.

En esta frontera de Tijuana-San Diego, que es la más transitada del mundo, la migración ha sido, es y será un gran desafío para la sociedad norteamericana y mexicana, y para sus autoridades e instituciones, entre ellas la familia y la Iglesia.

Constantemente llegan a Tijuana cantidad de mexicanos, tratando de escapar de la violencia, pobreza o falta de trabajo en sus comunidades de origen. La mayoría de ellos pretenden internarse a los Estados Unidos de Norteamérica. Pero también llegan migrantes de una veintena de países, por lo que la Arquidiócesis de Tijuana, que integra los municipios de Tijuana, Tecate y Rosarito, y que crece a un ritmo acelerado, contando ahora con tres millones de habitantes, es una Arquidiócesis de rostro migrante y se conforma por un mosaico de personas de diversos lugares, cultura, lengua y tradiciones. Según algunos estudios recientes, a este paso, dentro de veinte años Tijuana será la segunda ciudad más poblada de México. Esta imponente realidad puede verse como una oportunidad y riqueza, o también como un problema a resolver. Mejor será verla como un reto que debemos enfrentar.

La Iglesia no puede resolver todos los problemas sociales, entre ellos la presencia de migrantes en las diferentes fronteras, pues no cuenta con los recursos económicos necesarios, pero sí podemos dar un aporte, ser un signo, un fermento en medio de la comunidad, pues contamos con la riqueza del Evangelio, con los valores cristianos y con mucha gente de fe que es solidaria y comprometida con el bien de la sociedad. Además podemos crear consciencia y fomentar la participación abierta de la sociedad en todas las iniciativas a favor de los migrantes, y llamar a las autoridades a asumir su propia responsabilidad.

En Tijuana hemos estado recibiendo Haitianos que llegaron con la esperanza de ser asilados en los Estados Unidos, pero en este momento está cerrada esta posibilidad. Ellos viajaron en un penoso calvario desde Haití o Brasil hasta Tijuana, con todos los riesgos del camino, gastando sus ahorros y estableciéndose en una ciudad que no está preparada para recibirlos. Yo me pregunto: ¿por qué el gobierno norteamericano no estudia la situación de cada migrante, de cada familia, antes de que inicien este pesado éxodo, de modo que quienes reúnan los requisitos viajen con seguridad y sean recibidos e integrados en programas de trabajo, con las grandes ventajas que esto implicaría para todos?

Desde el 26 de mayo de este 2016, miles de migrantes están intentando llegar a Estados Unidos a través de la frontera de Tijuana. Lo que parecía una emergencia momentánea se ha prolongado ya seis meses, en los cuales han llegado a Tijuana más de diez mil Haitianos. Las cinco casas del migrante que hay en Tijuana no son suficientes para atender la creciente demanda, con todos los problemas sociales subsiguientes.

Estamos respondiendo a una prolongada emergencia, pero la demanda migrante continuará, por lo que necesitamos reorganizarnos para dar una respuesta más efectiva, inspirados no solo en un sentido humanitario, sino en los valores del Evangelio. Nos encontramos frente a un reto extremo; si no actuamos, esta crisis fronteriza puede  detonar y acarrear otros graves problemas.

La Iglesia y nuestra Arquidiócesis de Tijuana están comprometidas en el acompañamiento y asistencia integral a los migrantes y estamos buscando repuestas alternas: un nuevo albergue para migrante, algunos espacios en parroquias para acogerlos, colectar y enviar artículos de primera necesidad y comida a los centros de atención ya existentes, etc., al tiempo que se les ofrezca apoyo espiritual que les fortalezca en su frágil condición.

La posibilidad real de que pocos o muchos migrantes se queden a vivir en México, conlleva una serie de exigencias para todos, especialmente para el gobierno federal que debe asumir su responsabilidad y dar respuestas efectivas. La iglesia no renunciará a seguir colaborando en esta noble causa.

Para ambos países es un reto la integración de los migrantes en el campo laboral, social, educativo y religioso, de modo que no sean una carga permanente, sino que aporten desde su identidad y condición propia al desarrollo integral de la sociedad que los acoge.

Manifiesto mi respeto a la decisión del pueblo norteamericano en la elección de su nuevo gobierno. El punto que nos interesa aquí son las políticas migratorias que asumirá el nuevo Presidente y en particular el anuncio que se ha hecho de una expulsión masiva de migrantes mexicanos.

El Presidente electo tomó a los migrantes como un eje importante de su campaña electoral e insistió en que construiría un muro a lo largo de la frontera con México y en que deportaría a millones de indocumentados.

El Papa Francisco ha expresado que “nuestro gran desafío es crear una cultura del encuentro, que aliente a cada persona y a cada grupo a compartir la riqueza de sus tradiciones y experiencias, a abatir muros y a construir puentes”.

A los Obispos norteamericanos les ha pedido acoger a los migrantes y tender puentes. Que vean la manera de que las diócesis “puedan responder mejor a la creciente presencia, a los dones y al potencial de la comunidad hispana” lo cual significaría un decidido apoyo a los migrantes latinos legales e ilegales.

El 9 de noviembre de 2016, el Presidente saliente del Episcopado Norteamericano emitió un comunicado en el que manifestó que “nuestros hermanos y hermanas que son migrantes y refugiados pueden ser acogidos humanamente sin sacrificar nuestra seguridad”, y que no se ha de ver al prójimo “bajo la divisiva luz de demócrata o republicano o cualquier otro partido”. Y exhortó a que “veamos el rostro de Cristo en nuestros vecinos, especialmente en quienes sufren o con quienes podríamos tener discrepancias”.

Dos días después, el once de noviembre, el Papa Francisco insistió: “tenemos que derribar los muros que nos dividen: tratar de aumentar el bienestar de las personas, y para lograr esto es necesario construir puentes que permitan disminuir la desigualdad y aumentar la libertad y los derechos. A más derechos, más libertad”.

Sin duda que la política migratoria del Presidente electo puede ser muy cuestionada frente a los valores del Evangelio. En los Estados Unidos, en México y en muchos otros países aún se tiene que recorrer un largo camino para lograr que los migrantes sean tratados conforme a su dignidad.

Una cosa es hacer propuestas de campaña y otra realizarlas en el ejercicio de gobierno, ya que se trata de decisiones que se han de consensar con otras instancias de gobierno y el interés y participación de la ciudadanía no es poca cosa. Pero ciertamente, cuando ya existen dos, lo que menos necesitamos es un nuevo muro. La comunidad internacional rechaza sin duda estas medidas drásticas y radicales contra los migrantes. Los Estados Unidos tienen en agenda asuntos muy trascendentes que atender en diferentes regiones del mundo, como para focalizarse en el destierro de migrantes latinos, que han aportado notablemente a la construcción del país en que viven.

Pero tampoco hemos de vernos como enemigos. Siempre estaremos uno junto al otro y es importante darle calidad a nuestra condición de vecinos. Lo que está sucediendo puede ser inicio de una nueva y más madura relación.

Por otra parte, México necesita poner en juego sus habilidades diplomáticas y cultivar relaciones bilaterales comerciales con otros países, analizando la problemática desde un enfoque mexicano y previendo respuestas a los diferentes escenarios. México debe enfrentar este gran reto, poniendo en juego el potencial enorme que tiene como pueblo.

Por otra parte, es urgente integrar los esfuerzos que la Iglesia católica realiza a favor de los migrantes en todo el mundo, particularmente en los Estados Unidos y en México, porque desunidos es muy poco lo que podemos conseguir los católicos; en cambio unidos seríamos capaces de grandes conquistas. Necesitamos encontrarnos, dialogar e impulsar juntos algunas iniciativas. Un espacio propio y natural para expresar nuestra solidaridad y atención a los migrantes debían ser las parroquias.

Pero también es importante vivir una expresión de autentico ecumenismo en el tema migratorio, lo cual nos exige a todos valorar la dignidad de cada persona por haber salido de las manos de Dios; renovarnos hacia dentro de cada denominación, lo cual implica vivir los valores del Evangelio en relación a los migrantes; para luego interrelacionarnos y unir esfuerzos con otras religiones en todo lo que sea para el bien de la comunidad humana, en este caso en bien de los migrantes, sin aprovechar esta apertura y acercamiento para realizar una labor proselitista, y sin condicionar nuestra ayuda a un cambio de religión.

Como personas de fe, reconocemos en nuestros hermanos migrantes su dignidad de personas, el rostro sufriente de Cristo que nos reclama una respuesta de amor efectivo, y no una amenaza, sino una bendición de Dios en medio de nosotros.

Quizá el tema de la migración en esta frontera y en el mundo no tenga una pronta solución, a causa de las mentes y corazones cerrados de quienes deben tomar las grandes decisiones en este tema migratorio, pero nosotros no podemos terminar nuestra peregrinación por este mundo sin haber dado nuestro aporte a la construcción de una humanidad nueva y mejor, extendiendo nuestra ayuda sin condiciones a nuestros hermanos migrantes. Muchas gracias.

 

+ Mons. Francisco Moreno Barrón

Arzobispo de Tijuana

 

Universidad de San Diego, Ca. Nov. 29 de 2016

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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