Homilía de nuestro Arzobispo en la CII Asamblea Plenaria del Episcopado Mexicano

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Queridos hermanos en Cristo Jesús:

 

Al acercarnos al fin de un año litúrgico, las lecturas de la Palabra de Dios tienen un espíritu escatológico y nos sitúan en el contexto de la Parusía o segunda venida de Cristo. Algunos exégetas dicen que nos hallamos ante un “pequeño apocalipsis”, pues se nos explica lo que sucederá al fin de los tiempos. En el evangelio de hoy, Jesús entrelaza el Reino de los Cielos con este fin de los tiempos.

Los fariseos, que no aceptaban a Jesús como el Mesías, pues les escandalizaba su humanidad y sencillez que contrastaban con sus expectativas de poder, riqueza y gloria, le preguntaron “¿Cuándo llegará el reino de Dios?” La respuesta de Jesús fue contundente: “El Reino de Dios ya está entre ustedes”, y les dijo a sus discípulos cómo se manifestará plenamente en él al fin de los tiempos.

Cristo Jesús instaura el Reino de Dios en medio de los hombres y Él mismo es ese Reino que no llega aparatosamente, de modo que se pueda decir: “Está aquí o esta allá”. Jesús y su Reino están en medio de nosotros sin violentar nuestra libertad para acogerlos o rechazarlos. Así ha sido siempre y en la actualidad este Reino de Dios crece de forma callada, no se anuncia por televisión ni ocupa las primeras planas en los periódicos, no es reconocido por quienes se desviven por las riquezas, la fama, el dominio y el poder. Son los pobres y sencillos quienes lo acogen en su corazón.

Aunque la Iglesia no agota la realidad del Reino, sí es el espacio natural en el que el Señor quiere que se haga visible. Qué tremenda responsabilidad tenemos como Iglesia de vivir y mostrar el Reino de Dios en medio de los hombres, y qué terrible sería que un día nosotros quedásemos fuera de él. El Reino se manifiesta, pues, dentro de la Iglesia y en su proyección hacia el mundo y la sociedad, pero también dondequiera que se viven los valores del Evangelio.

De esta manera, el Reino de Dios está presente en medio de las realidades temporales, a veces a contracorriente, como fermento en la masa y como un signo de vida y salvación para todos.  Sin embargo, Cristo nos alerta para que no nos dejemos engañar por falsos mesías que llegan anunciando otro reino o una nueva religión. No ignoramos las enormes y variadas dificultades que enfrenta hoy la implantación del Reino, las fuerzas malignas que se le oponen dentro y fuera de las estructuras de la misma Iglesia. Sin embargo, no hemos de caer en el pesimismo de quienes solo se enfocan en lo negativo y hemos de reconocer sus múltiples y valiosas manifestaciones por todas partes, a veces en pequeños signos de esperanza.

 Hermanos Obispos, nuestro quehacer pastoral es muy intenso y complejo, con largas jornadas de encuentros, celebraciones, reuniones, entrevistas, toma de decisiones, etcétera. Los obispos necesitamos saber ver lo que sucede a nuestro alrededor, identificar las personas, los ambientes, los lugares y las obras donde se hace visible el Reino de Dios. Por eso, en medio de nuestra tarea pastoral, necesitamos encontrarnos a diario con Jesús, para reconocer dónde está presente su Reino entre los hombres, y a dónde debemos ir para impulsarlo con nuestro testimonio y acciones pastorales. Para nosotros, reconocer la presencia del Reino y contribuir en su crecimiento se origina en nuestro encuentro íntimo y personal con el Señor.

Cuánto celo, cuánto empeño nos reclama el cuidado del Reino, invadidos como estamos, más allá de las denominaciones serias, por miles de nuevos grupos religiosos proselitistas que están al asecho de las ovejas a nosotros confiadas, y el asecho del mundo moderno atacando el evangelio y promoviendo un estilo de vida contrario a los valores del Reino de Dios. Esta es una amenaza constante ante la que no podemos permanecer indiferentes, necesitamos dar el paso de una Iglesia exclusiva y de mera conservación, a una Iglesia renovada en la que se manifieste de modo atractivo el Reino de Dios.

Sin embargo, si la Iglesia no agota en sí misma el Reino de Dios, deberá reconocer con humildad en otros ámbitos y más allá de sus fronteras, las expresiones vivas del Reino, hasta dejarse interpelar por tales testimonios.

Hermanos Obispos, en nuestras diócesis constantemente se impulsa de distintas maneras  la construcción del Reino. La Iglesia cuenta con infinidad de alternativas para acrecentarlo, entre ellas los tiempos especiales de gracia, como el Jubileo de la Misericordia que está por concluir, o la Misión Continental Permanente, en la que está comprometida cada una de nuestras diócesis en América latina, y el nuevo Proyecto Pastoral hacia el año 2031 como un reto para construir el Reino de Dios en nuestro México sufriente. Reconocer los signos del Reino de Dios entre nosotros es una gracia que hemos de pedir, y una oportunidad para encarnarlo en nosotros y en la vida y en el corazón del hombre y de la sociedad actual. Como lo dijo el Señor: verdaderamente el Reino de Dios ya está en medio de nosotros.

Jesús relaciona la construcción del Reino con su segunda venida. Mientras vivimos, tenemos la oportunidad de vivir y disfrutar con el Hijo del Hombre en cada una de sus tres presencias reales: en su Palabra, en la Eucaristía y en cada uno de nuestros hermanos, sobre todos en los pobres y en los más necesitados de su misericordia. Después será demasiado tarde. Porque “llegará un tiempo en que ustedes desearán disfrutar siquiera un solo día de la presencia del Hijo del hombre y no podrán. Entonces les dirán: Está aquí o está allá, pero no vayan corriendo a ver, pues así como el fulgor del relámpago brilla de un extremo a otro del cielo, así será la venida del Hijo del hombre en su día”.

Hermanos Obispos, Dios encomendó a los Judíos preparar la primera venida de Cristo al mundo y lo hicieron muy bien, engendrando a María, de la cual nació el Mesías. A la Iglesia, nuevo Israel, nos corresponde preparar su segunda venida de Cristo al mundo en la parusía, y esto hemos de hacerlo vivenciando y extendiendo su Reino en medio de los hombres.

Para ello, este día encontramos en la Palabra de Dios dos aplicaciones prácticas: en primer lugar, en nuestro servicio episcopal y a imitación de San Pablo frente a Filemón y a favor de Onésimo, antes que imponer la autoridad que el mismo Cristo nos confió, antepongamos con nuestro pueblo y especialmente con nuestros sacerdotes la relación personal y el amor; y en segundo lugar, en el encuentro personal con el Señor Jesús renovemos nuestro compromiso de instaurar su Reino en medio de los hombres.

Hermanos sacerdotes, religiosas y laicos, oren por nosotros sus obispos de México, para que, encarnando a Jesús en nuestro ministerio con verdadera caridad pastoral, viviendo con gozo el Reino de Dios dentro de nosotros mismos e impulsándolo a nuestro alrededor, preparemos con todo el pueblo de la Iglesia su segunda venida del Señor al fin de los tiempos. Amén.

 

 

 

 

+ Mons. Francisco Moreno Barrón

Arzobispo de Tijuana

 

 

 

Lago de Guadalupe, 10 de Noviembre de 2016

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