Del Belén de Tierra Santa a los nacimientos de nuestras casas

Pastoral de la Comunicación.-La representación de la escena del nacimiento de Jesús que relata el Evangelio, es explícita pero sumamente sobria: “Mientras ellos estaban allí, se le cumplieron (a María) los días del parto, y dio a luz  a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un  pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento”. Por lo cual podemos preguntarnos; ¿cómo se fue formando esta tradición y sus personajes? ¿Cómo surgió en la  Iglesia católica la costumbre de reconstruir la ciudad en que nació Jesús, Belén?

Desde los primeros años del cristianismo fueron surgiendo los  elementos que poco a poco conformaron el escenario y los  personajes del belén, tomados en gran medida de los evangelios apócrifos (no reconocidos por la Iglesia). Entre el 432 y el 440 el Papa Sixto III, según los relatos de la época llevó unos fragmentos de  la santa cuna, a “Santa Maria ad  preasepe” (Santa María en el pesebre), y que después pasaría a  recibir el nombre de Basílica de Santa María la Mayor. En esta  Iglesia de Roma comenzó la costumbre de celebrar la misa de  medianoche, tomada de una análoga tradición de Belén. Por lo cual, algunos historiadores consideran que el inicio del belén como tal, tiene lugar con el acta notarial que se registró en Nápoles en el  1025 en una Iglesia, Santa María “ad praesepe”. A partir del siglo VIII el nacimiento y la resurrección de Cristo se  convirtieron en el tema de escenificaciones costumbristas tomadas  de los Evangelios, representadas en las plazas.

Sería hasta 1223 con S. Francisco de Asís quien llegó a Greccio, en Italia para evangelizar, el cual en su afán de catequizar a los habitantes  preparó en una gruta en los  bosques montañosos, a pocos pasos de su cabaña, una representación del “Nacimiento” del  Redentor. La  noche de la vigilia, con el toque de las campanas, convocó en la  gruta a todos los habitantes de Greccio. Puede ser exagerado considerar que dicho acontecimiento fuese el origen del nacimiento, sin embargo, es  efectivo considerarlo como el punto de partida de un fenómeno de  una difusión extraordinaria en los cinco continentes. En consecuencia los frailes franciscanos, a  ejemplo de su fundador, se convirtieron en los precursores del “Belén” o pesebres en las iglesias y conventos. En efecto, desde 1986, san Francisco es considerado el patrón universal del  belén.

Actualmente, el Papa Francisco ha evocado en diversos momentos la importancia de esta representación del “Nacimiento” relacionado con diversas realidades contemporáneas, en 2016 acentuó la realidad del pesebre con el fenómeno global de los hermanos y hermanas migrantes. En aquella ocasión subrayó que «en la experiencia dolorosa de estos hermanos y hermanas, volvemos a ver la del Niño Jesús, que en el momento de su nacimiento no encontró alojamiento y vio la luz en la gruta de Belén”. El mismo hijo de Dios, nacido en la gruta de Belén, después fue llevado a Egipto para huir de la amenaza de Herodes. Al contemplar el pesebre en nuestras casas, podemos volver a descubrir su valor simbólico, que es un mensaje de fraternidad, de compartir, de acogida y de solidaridad. También los pesebres que se encuentran en las iglesias, en las casas y en muchos lugares públicos son una invitación a hacer sitio en nuestra vida, en la sociedad, a Dios, oculto en el rostro de tantas personas que están en condiciones de malestar, de pobreza y de tribulación». Expreso el Papa Francisco.

Así, el pesebre con el árbol, “forman un mensaje de esperanza y de amor, y ayudan a crear el clima navideño favorable para vivir con fe el misterio del Nacimiento del Redentor, que vino a la tierra con simplicidad y mansedumbre”.

 

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