En la Fiesta de S. Francisco Javier: “Una misión sin fronteras”

Pastoral para la Comunicación. – Francisco Javier fue el primer misionero en llegar a Japón. Nació en el país Vasco, una región al norte de España en 1506 y falleció muy joven, a la edad de 46 años, un 3 de diciembre de 1552 en China.

Fue a estudiar a París en 1528, a la Universidad de la Sorbona. Allí comenzó a entrelazarse su vida con la de Ignacio, con quien fundará más tarde la Compañía de Jesús y de quien será su mejor amigo.

Es en París, donde con otros cinco compañeros se constituye lo que sería el grupo fundacional de la Compañía de Jesús. El 15 de agosto de 1534, una vez finalizados los estudios, juran votos de caridad y castidad, a la vez que prometen viajar a Tierra Santa, en la cripta del Martirio, de Monmartre.

En 1537 se reúne con Ignacio de Loyola para viajar a Italia y es ordenado sacerdote el 24 de junio de 1537. Durante su estancia en Venecia, mientras esperaban el barco para ir a Tierra Santa, se dedica junto a sus compañeros a predicar por los alrededores. Ante la tardanza del viaje, vuelven a Roma y se ofrecen al Papa para ser enviados a cualquier otro lado.

En 1540 parte hacia Lisboa, donde comenzará la etapa más importante de su vida: la de misionero. El viaje a Portugal se debió a la solicitud del embajador portugués en Roma, Pedro de Mascarenhas, que pidió en nombre de Juan III de Portugal a Ignacio de Loyola algunos hombres suyos para enviarlos a las Indias Orientales. Para ese viaje Francisco fue nombrado por el Papa legado suyo en las tierras del Mar Rojo, del Golfo Pérsico y de Oceanía, a uno y otro lado del Ganges.

El 7 de abril de 1541, día que cumplía 35 años, empieza la expedición hacia las Indias orientales. Llega el 22 de septiembre a Mozambique. Allí se queda hasta febrero del año siguiente. En esa estancia ayuda en el hospital y percibe la realidad del trato que se da a los negros, lo cual le lleva a tener los primeros enfrentamientos.

Trece meses navegando mientras servía a enfermos y necesitados, hasta que desembarcó en Goa, donde empezó una odisea titánica de islas, lenguas, predicaciones y servicio desde allí hasta Japón.

En Yamaguchi obtuvo del príncipe la garantía de respeto a los conversos al cristianismo. Ante esa perspectiva realiza, junto con sus dos compañeros, una intensa labor de predicación que da su fruto en la creación de una pequeña comunidad católica. Muchos de los convertidos son samuráis. Su trabajo tuvo la oposición de grupos religiosos locales.

 

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