Homilía de nuestro Arzobispo en la Santa Misa dominical

         Querido hermanos todos en Cristo Jesús.

          A través de su palabra este domingo el Señor Jesús se presenta ante nosotros como el enviado del Padre, y como aquel que quiere ser el número uno en tu vida. Para poder entender ésto necesitamos reconocer que Jesús, enviado por el Padre, es nuestro Señor y Salvador. Por eso él quiere que le abramos nuestro corazón para que Él pueda hacer su obra de salvación en cada uno de nosotros.

          Y quiere que lo reconozcamos en las personas que nos rodean. Jesús se hace presente en la persona de sus apóstoles, en la persona de sus discípulos: “Quien a ustedes los reciben, a mí me recibe”.

          Ustedes son personas de fe que abren su corazón a Jesús con sencillez. Cuando aún en medio de sus limitaciones ustedes pueden ver en su Obispo, en sus sacerdotes, en los diáconos la presencia del mismo Cristo Jesús.

          Qué bueno, pero Jesús quiere que también descubran su presencia en aquellos hermanos con los que convives a diario, de tal manera que si das un vaso de agua, se lo des a ese hermano porque vez a Cristo sediento en él, si ayudas a aquel hermano migrante es porque vez el rostro sufriente de Jesús en él, si tratas con tanto cariño a tu esposa, a tus hijos, es porque vez en ellos el rostro de Cristo, Jesús.

          Qué distinta sería la vida de los que formamos la Iglesia de Cristo si descubriéramos su rostro en todos aquellos que nos rodean.

          Y qué distinta sería esta sociedad y este mundo en el que vivimos si fuéramos capaces de poner en el centro de nuestra vida nuestra renovación por Cristo Jesús como Señor y Salvador.

          Que nuestra Eucaristía dominical nos abra a una relación más personal y profunda con Cristo Jesús. Que esta Eucaristía nos permita abrirle nuestro corazón a él, para que él viva en cada uno de nosotros a través de su espíritu de amor, y que podamos descubrirlo a él presente sí en la jerarquía de la Iglesia, en nombre de él mismo pastorea a la comunidad, pero también en todos aquellos hermanos de nuestra vida diaria, con quienes convivimos de cerca. Y de una manera especial que podamos descubrir su rostro en los pobres, en los enfermos, en los encarcelados, en los tristes, en los que son menos útiles a los ojos del mundo.

          Sellemos, renovemos hoy nuestra relación con Cristo, nuestro Señor y Salvador en esta Eucaristía, y que esta relación con él, esta alianza renovada dé sentido a toda nuestra semana, y podamos vivir esta relación con él en nuestra vida diaria con todos aquellos que nos rodean.

          Hagamos un breve momento de silencio.

 

 

 

 

 

 

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