Luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel

Sábado  15 de septiembre: Nuestra Señora de los Dolores

 

Evangelio: Lucas: 2: 25-35.

 

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él  y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor.  Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley,  Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:

«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel».

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él.  Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción,  y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos».

 

ORATIO

¡Oh mi Señor, qué exigente es tu mensaje de vida! No sólo quieres que yo actúe, sino que quieres que, al actuar, me olvide de mí mismo y purifique continuamente mis motivaciones.

Sé que no condenas el gusto de la creatividad, la alegría de hacer algo bello, la satisfacción que me proporciona hacer las cosas bien, porque todo esto lo has puesto tú en mi corazón, forma parte de la naturaleza que tú has creado. Pero no quieres que me detenga aquí. Quieres que vaya más allá, para acercarme más a ti.

Y así hoy te siento exigente, tal vez porque me gusta detenerme en el fruto de mi trabajo y, en consecuencia, no corro demasiado por el camino de la conversión verdadera. Es probable que todavía no haya tenido una experiencia profunda de tu amor misericordioso, de tu ágape, que me ha amado de manera gratuita y me introduce en su dinamismo de entrega gratuita y desinteresada.

Vierte en mi corazón este amor tuyo, este modo de amar tuyo, esta capacidad tuya de estar en serio a tu servicio y al de los hermanos. Concédeme tu Espíritu, que es vida y vitalidad, y alegría y amor, para que sienta que mi «deber hacer» procede de mi «nuevo ser», hecho a imagen y semejanza de Jesús, que se entregó a sí mismo por mí y por los hermanos no para hacerse aplaudir, sino para servirles y salvarles.

 

Mons. Salvador Cisneros

Parroquia Santa Teresa de Ávila

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