MENSAJE DE LOS OBISPOS MEXICANOS

 

Cuautitlán Izcalli, 7 de abril de 20

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“ECHARLE GANAS”, SÍ. “RESIGNARNOS”, NO

 

 

 

La Visita del Santo Padre orienta nuestra reflexión en estos días de Asamblea General, para asumir las tareas pastorales de los próximos tres años. Por ello hemos elegido a los responsables de las respectivas comisiones.

El Papa, buen Samaritano, misionero de la misericordia y de la paz, ha querido acompañar a nuestro Pueblo en su caminar y nos ha recordado que la presencia del Resucitado está siempre cercana. Su mensaje nos ha calado hondo y nos deja retos que habremos de afrontar. Nos anima a “echarle ganas” frente a las dificultades que ensombrecen, deprimen y, aún, derrumban a muchos en las orillas del camino de la vida, dejándolos sin ánimo para levantar la mirada en busca del horizonte.

 

Somos un País con una gran riqueza por la variedad de sus culturas y la diversidad de sus recursos. No desperdiciemos este patrimonio en el despilfarro egoísta que sólo busca la propia satisfacción o la consecución del proyecto personal, olvidando el bien común. Todos necesitamos de todos. En una familia no sobra nadie. México debe construirse como una familia. La común-unión, comunión en palabras cristianas, es una tarea en la que todos debemos comprometer todo nuestro esfuerzo. Hay que “echarle ganas”. No podemos “construir muros” ni entre nosotros, ni para otros. Somos un pueblo que sabe darse la mano y dar la mano para hacer puentes a pesar de nuestras diferencias. Reconocerlas y  hablar cara a cara nos hace a crecer en la verdad y en la unidad.

 

Esta expresión sencilla de nuestro pueblo: “echarle ganas”, tomada por su Santidad después de escucharla de labios de Manuel, joven adolescente en silla de ruedas, es un verdadero criterio cristiano ante la terrible tentación de creer que la victoria es de la muerte; que la corrupción, la droga, la violencia, el narcotráfico, la impunidad, el consumo materialista… son las ofrendas necesarias que hay que entregarle; que el desaliento se olvida con el espectáculo; que la verdad se puede vender al mejor postor; que a la vida de cada persona se le puede poner un precio comercial… No podemos resignarnos a vivir de rodillas ante el mal. No podemos pisotear la esperanza de vivir en una sociedad justa y fraterna.

 

Estamos llamados a fortalecernos en el camino compartido en este momento de la historia, valorando nuestras raíces antiguas, que han permitido la viva síntesis cristiana de comunión humana, cultural y espiritual. No como nostalgia del pasado, sino como fortaleza para el futuro. Sin raíces ningún árbol se sostiene, ni da fruto.

 

El Papa reconoce que tenemos un maravilloso patrimonio espiritual, que ha alimentado los valores de nuestro pueblo y lo ha fortalecido para sostener la mirada hacia delante, en medio de las adversidades. Descuidarlo nos llevaría a bajar esa  mirada, incapacitándonos para ver el rostro del prójimo, menos aún para acercarnos al Misterio de la ternura de Dios, en el Rostro de la Imagen bella de Guadalupe. Ella nos ha invita a experimentar la Misericordia de Jesús, su Hijo que nos ha manifestado el inmenso amor del Padre sobre cada uno de nosotros. Ella nos invita a abrir el corazón al Espíritu de Amor para que seamos testigos de esa Misericordia sobre todos, pero particularmente sobre aquellos que se sienten desechados, abandonados, y han buscado refugio por caminos equivocados.

 

Les aseguramos, junto con nuestra bendición, que el trabajo de los Obispos de México seguirá acompañando a todos  para que nadie se sienta excluido y en cada persona brille la dignidad de hijos de Dios. A nuestras comunidades les animamos para que, desde el Evangelio, colaboren con todos los hombres y mujeres de buena voluntad en la edificación de una mejor sociedad para las nuevas generaciones, y juntos alcemos con ilusión la mirada hacia el futuro que nos desafía positivamente en el presente.

 

 

 

 

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