Obispos de México a través de la Dimensión de Movilidad Humana: “La Iglesia está convencida de la necesidad y urgencia de una justa política migratoria”

Dignidad de los migrantes

Ciudad de México, a 23 de julio de 2019

Prot. 102/2019

 

A los Señores Obispos, presbíteros y diáconos. A los agentes de pastoral de Movilidad Humana, y al pueblo de Dios.

 

“No se trata solo de migrantes: se trata de nuestra humanidad”, dice el Papa Francisco, queriendo concientizar al mundo entero que la persona migrante, no debe verse como objeto del cual puedo servirme y mucho menos al cual tengo oportunidad y derecho de rebajar o ignorar su dignidad.

Como Dimensión de Movilidad Humana y como Conferencia del Episcopado Mexicano, “hemos externado nuestra preocupación por la falta de acogida verdaderamente humanitaria a nuestros hermanos migrantes, que refleje nuestras convicciones en materia de reconocimiento y protección de los derechos de todos los seres humanos por igual”, esto es una realidad que no podemos evadir.

Tristemente constatamos que esta dignidad como personas e hijos de Dios está siendo vulnerada, pues ha sido “cambiada por un plato de lentejas”. México sin una política migratoria efectiva se ha sometido a los criterios e imposiciones del gobierno norteamericano aceptando la incoherencia de unir negocios con el derecho y la necesidad de migrar, buscando la oportunidad de una vida mejor.

El Papa Francisco nos ha exhortado a tener actitudes concretas para con los migrantes: acoger, proteger, promover e integrar. Su intención es no dejarnos llevar por el miedo a encontrarnos con el otro; ni querer protegernos levantando muros en nuestro entorno; un muro no solo protege, sino aísla del encuentro con el otro; levantarlos es dejarnos llevar por el temor y la incertidumbre. Los muros no solo se construyen con piedras y ladrillos sino también con actitudes negativas como el despliegue de miles de efectivos de la Guardia Nacional en nuestras fronteras como una solución fallida para frenar la migración; un muro no atiende a la raíz y a las verdaderas causas del fenómeno migratorio.

El combate a la pobreza y a la desigualdad en México y en Centroamérica pareciera quedar sustituido por el temor ante el otro, que es nuestro hermano.

La dignidad y la soberanía de nuestra nación, así como la dignidad y los derechos humanos de los migrantes están muy por encima de cualquier negociación, la Iglesia y la sociedad civil han defendido siempre la “no criminalización de las personas migrantes y de los defensores de derechos humanos” que luchan a favor de la dignidad, a contracorriente y con riesgos importantes para su propia seguridad e incluso su vida.

Como Dimensión Episcopal de Pastoral de Movilidad Humana, somos conscientes de la legitimidad y necesidad de tomar decisiones valientes para evitar la imposición de aranceles a los productos mexicanos que se comercian con los Estados Unidos, pero no en detrimento de la soberanía nacional, la dignidad y el respeto a los derechos humanos de los migrantes, la solidaridad entre los pueblos y el trabajo por el bien común de los países necesitados de apoyo y desarrollo digno.

La migración interna y externa tiene como principio el hambre, la pobreza, la violencia, y la falta de oportunidades que reclama la creación de fuentes de empleo y reconstrucción del tejido social.

La Iglesia está convencida de que es necesaria y urgente una justa política migratoria que, por un lado, garantice un ordenado, responsable y regulado libre tránsito de personas, y que vele por los intereses legítimos de nuestra nación.

Miles de migrantes están esperando cruzar a los Estados Unidos huyendo de la violencia y la miseria en sus países de origen. Otros tantos son detenidos y son deportados a México, ahora más bajo el programa unilateral americano “Quédate en México”, bajo el cual miles de centroamericanos, esperaran una resolución de su situación migratoria, colocándoles un brazalete electrónico y restringiéndoles su movimiento a un lugar específico. Los migrantes están expuestos a graves riesgos en las ciudades fronterizas impidiendo su pleno y libre acceso a la asistencia legal. Como miembros de la familia humana no podemos ser indiferentes al dolor que muchos de ellos viven y que reclama nuestra ayuda humanitaria y el respeto irrestricto a sus derechos humanos.

Las casas, centros de derechos humanos y personas laicas están respondiendo con humanidad, como es el mandato del Papa, y por ello, han sido objeto de actos de hostigamiento, criminalización y obstaculización de las labores de asistencia, protección y defensa de derechos humanos de estas poblaciones. Como muestra, los casos más recientes son los ocurridos en el Centro de Atención al Migrante Exodus, en Agua Prieta, Sonora, con la Guardia Nacional; Casa del Migrante de Saltillo con la Policía Federal; DHIA y Uno de Siete Migrando en Ciudad Juárez y Chihuahua, respectivamente, con la Fiscalía General del Estado de Chihuahua.

La preocupación actual de la Iglesia es en torno a:

  1. La defensa de la dignidad y de los derechos humanos de todos los migrantes.
  2. Las redadas en EU con masivas detenciones de migrantes, su trato inhumano, con el grave peligro de la separación de las familias.
  3. La amenaza de las deportaciones masivas a México desde diversas ciudades de los Estados Unidos y la política de terror psicológico en la que viven migrantes en ese país.
  4. El cambio en la política migratoria del gobierno de México, pasando de una actitud de bienvenida, a otra de contención y deportación.

5.La insistencia que se ha recibido de parte de diferentes dependencias como PFP, SER, INM, SEGOB solicitando información que los albergues manejan de manera interna, para salvaguardar la vida de las personas en tránsito.

La Iglesia, como madre y protectora, se preocupa y se ocupa de los pobres y necesitados, y los migrantes son en este momento, los pobres entre los pobres, la colaboración de los obispos mexicanos y norteamericanos en la caridad para este sector de la sociedad, manifiestan su deseo de seguir colaborando con todas las iniciativas que permitan encontrar un camino de mayor seguridad y protección de los derechos humanos de quienes emigran, y alzan su voz profética cuando estos derechos son violentados.

Pedimos al Espíritu Santo que ilumine a las autoridades civiles de nuestras naciones para que tomen las decisiones más sabias, dignas, coherentes y auténticamente benéficas para nuestros pueblos, así como para velar por la soberanía de nuestra nación anteponiendo el bien común del hombre como signo de desarrollo humano, madurez e inteligencia.

Que Santa María de Guadalupe, Emperatriz de las Américas, interceda por todos nosotros.

+José Guadalupe Torres Campos

Obispo de Cd. Juárez y

Responsable de Movilidad Humana

+Alfonso Miranda G. Guardiola

Obispo Auxiliar de Monterrey

y Secretario General de la CEM

 

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