Preguntémonos: ¿Cómo está mi fe? ¿Es alegre? ¿Está abierto a las sorpresas de Dios?

Las palabras del Papa en la oración del Ángelus, 24.06.2018

 

El Papa Francisco se ha asomado esta mañana a mediodía a  la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico Vaticano para rezar el Ángelus con los fieles reunidos en la plaza de San Pedro para la habitual cita dominical.

Estas han sido las palabras del Santo Padre al presentar la oración mariana:

Antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy la liturgia nos invita a celebrar la fiesta de la Natividad de San Juan Bautista. Su nacimiento es el evento que ilumina la vida de sus padres Isabel y Zacarías, y llena a sus  familiares y vecinos de alegría y asombro. Estos padres ancianos habían soñado e incluso preparado ese día, pero ya no lo esperaban: se sentían excluidos, humillados, frustrados: no tenían hijos. Frente el anuncio del nacimiento de un hijo (cf. Lc 1,13), Zacarías permaneció incrédulo, porque las leyes naturales no lo permitían: eran viejos, eran ancianos; por eso, el Señor lo hizo enmudecer durante todo el tiempo de gestación (ver v. 20). Es una señal. Pero Dios no depende de nuestra lógica y nuestras limitadas capacidades humanas. Tenemos que aprender a confiar y callar ante el misterio de Dios y contemplar con humildad y en silencio su obra, que se revela en la historia y que tantas veces supera nuestra imaginación.

Y ahora que el evento se cumple, ahora que Isabel y Zacarías experimentan que “nada es imposible para Dios” (Lc 1,37), su alegría es grande. La página del Evangelio de hoy (Lc 1,57-66.80) anuncia el nacimiento y luego se centra en el momento de imponer el nombre del niño. Isabel elige un nombre extraño a la tradición de la familia y dice: “Se llamará Juan” (v. 60), don gratuito y ahora inesperado, porque Juan significa “Dios ha dado la gracia”. Y este niño será heraldo, testigo de la gracia de Dios para los pobres que esperan con humilde fe su salvación. Zacarías confirma de forma inesperada la elección de ese nombre, escrito en una tablilla – porque estaba mundo – y “en ese instante se abrió su boca, se le soltó la lengua, y hablaba normalmente, bendiciendo a Dios” (v 64).

Todo el evento del nacimiento de Juan el Bautista está rodeado por una alegre sensación de asombro, sorpresa y gratitud. Asombro, sorpresa, gratitud Las personas son presa de un santo temor de Dios “y por toda la región montuosa de Judea se hablaba de ello” (v. 65). Hermanos y hermanas, el pueblo fiel se da cuenta de que ha pasado algo grande, aunque humilde y escondido, y se pregunta: “¿Qué va a ser este niño” (V. 66). El pueblo fiel de Dios es capaz  de vivir la fe con alegría, con una sensación de asombro, sorpresa y gratitud. Contemplemos a aquella gente  que hablaba de esta cosa maravillosa, de este milagro del nacimiento de Juan, y lo hacían con alegría, estaban contentos, con una sensación de asombro, de sorpresa y gratitud. Y mirando esto, preguntémonos: ¿cómo está mi fe? ¿Es una fe gozosa, o es siempre una  fe igual, una fe “plana”? ¿Tengo un sentido de asombro cuando veo las obras del Señor, cuando oigo hablara de la evangelización o de la vida de un santo, o cuánto veo tanta gente buena?, ¿Siento la gracia dentro, o nada se mueve en mi corazón? ¿Puedo sentir los consuelos del Espíritu o estoy cerrado? Preguntémonos,  cada uno de nosotros, en un examen de conciencia: ¿Cómo está mi fe? ¿Es alegre? ¿Está abierto a las sorpresas de Dios? Porque Dios es el Dios de las sorpresas. ¿He “probado” en el alma ese sentido de la maravilla que otorga la presencia de Dios, ese sentido de gratitud? Pensemos en estas palabras, que son el alma de la fe: alegría, una sensación de asombro, una sensación de sorpresa y gratitud.

Que la Santísima Virgen nos ayude a comprender que en cada persona humana hay una  huella de Dios, fuente de vida. Que Ella, Madre de Dios y Madre nuestra, nos haga cada vez más conscientes de que en la generación de un niño los padres actúan como colaboradores de Dios una misión verdaderamente sublime que hace de cada familia un santuario de la vida y despierta -cada nacimiento de un niño – alegría, asombro, gratitud.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Ayer, en Asunción (Paraguay), fue proclamada beata María Felicia del Santísimo Sacramento, en el siglo Maria Felicia Guggiari Echeverría, monja de la Orden de las Carmelitas Descalzos, llamado por su padre, y aún hoy en día por la gente de Paraguay, la “Chiquitunga”. Vivió en la primera mitad del siglo XX, se unió con entusiasmo la Acción Católica y se encargó de los ancianos, los enfermos y los presos. Esta fructífera experiencia de apostolado, sostenida por la Eucaristía diaria, dio como resultado su consagración al Señor. Murió a los 34 años, aceptando la enfermedad con serenidad. El testimonio de este joven beata es una invitación para todos los jóvenes, especialmente los paraguayos, a vivir la vida con generosidad, ternura y alegría. ¡Saludamos a Chiquitunga con aplausos y a todo el pueblo paraguayo!

Dirijo mi saludo a todos vosotros romanos y peregrinos En particular, a los llegados de Hanover y Osnabrück, en Alemania, y  a los de Eslovaquia.

Saludo a la comunidad rumana en Italia, a los fieles de Enna, Paternò, Rosolini y San Cataldo, y al grupo de ciclistas de Sesto San Giovanni.

Os deseo a todos un buen domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!.

 

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