LAS BODAS DE CANÁ

El relato de las bodas de Caná describe el significado profundo de la vida matrimonial. La transformación del agua en vino no es un simple milagro, es “signo”  de una realidad misteriosa. La narración insiste en la falta de vino: “le dijo su madre a Jesús: ya no tienen vino”. En el Antiguo Testamento el vino representa los bienes de la nueva alianza, esencial en el banquete mesiánico.  

El signo de Caná es anticipación de la abundancia de la salvación que Cristo realizará en la cruz, en donde también estará presente su Madre. Esta presencia femenina evoca a la “hija de Sión”, a la Jerusalén-esposa, al pueblo de Dios fiel de los últimos tiempos.

El vino abundante de Caná representa, por tanto, “la verdad” traída por Jesús, en oposición al ritualismo estéril y al legalismo ineficaz en que había caído la antigua alianza. La “verdad” de Jesús, en cambio, es luz y vida. Es una verdad que libera y transforma, es fuente de gozo y de plenitud. El vino, por tanto, es símbolo de Cristo mismo. Pero también su llegada es excepcional: “Todo el mundo pone primero el vino mejor… tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora”. Jesús es “el vino final”, pero es el “vino nuevo” por excelencia, signo de la perfecta bendición de Dios.

En Caná no se revela tanto el poder de un ser superior, sino el amor de un Mesías que trae el gozo a la humanidad. El evangelio es palabra liberadora y fuente de vida para el hombre. El vino de Jesús, misterioso y transformante, no conoce límites. Se ofrece a cada hombre y a cada mujer en el camino de la vida como fuente de gozo y de plenitud. El futuro del hombre y su verdadero gozo (“el vino de Jesús”) está no tanto en la repetición de ritos estériles, sino en la adhesión gozosa e incondicional del corazón y de la vida al Dios viviente que se ha revelado en Cristo, esposo de la humanidad. 

 

EL SIMBOLISMO DEL AMOR

La relación amorosa entre los esposos constituye uno de los símbolos bíblicos más ricos para hablar del amor entre Dios y el hombre. Desde el profeta Oseas, que en su drama matrimonial intuyó el amor fiel y misericordioso de Dios (Os 1-3), hasta las últimas páginas del Apocalipsis, en donde la Iglesia adornada como una esposa anhela el regreso de su Esposo Cristo (Ap 21,2), el amor humano, la belleza, el gozo de la relación matrimonial, constituyen un paradigma fundamental para comprender el misterio de Dios que es amor (1Jn 4,8) y la vocación de la humanidad y de cada hombre, llamado a la comunión y al diálogo con Dios.

El texto Isaías (Is 62,1-5 nos presenta  la ciudad santa como una novia en el día de su boda. Un centinela grita al amanecer: “Por amor a Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que rompa la aurora su justicia y su salvación llamee como antorcha.” El canto despierta a la ciudad. Es el día de sus bodas.  Cuando finalmente sale el sol, sus rayos iluminan las murallas y toda Jerusalén relumbra como “una corona magnífica”, “una diadema real”. La ciudad se parece a la corona que el esposo pone sobre la cabeza de la mujer.El esposo es Yahvéh que ofrece a su amada para el día de la boda, “la justicia” y la “salvación” . Su amor por la ciudad es fiel y eterno. Han quedado atrás los años del exilio, en que ha llorado la desolación: “Ya no te llamarán ‘Abandonada’, ni a tu tierra ‘Desolada’. Es un nuevo comienzo fundado en el amor y la fidelidad recíproca: “Como un joven se casa con su novia, así se casará contigo el que te construye ” .La ciudad se transforma.  Dios como sabio “constructor” coloca las bases no sólo de una nueva estructura, sino de una nueva sociedad: “Estarás fundada en la justicia, libre de opresión, ya nada temerás, y ningún terror te inquietará” . El texto termina evocando una apasionada luna de miel, fundada en la felicidad de Dios entregado al amor de su pueblo. 

 

EL CAMINO DEL AMOR

El camino que nos lleva al amor no consiste simplemente en dejarse llevar por el instinto. Hace falta una purificación y una maduración. El amor depende ante todo de la constitución del ser humano, que está compuesto de cuerpo y alma. El hombre es realmente él mismo cuando cuerpo y alma forman una unidad íntima; el desafío del eros puede considerarse superado cuando se logra esta unificación. Porque ni la carne ni el espíritu aman: es el hombre completo, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma. Sólo cuando ambos se funden en una unidad, el hombre es plenamente él mismo. Únicamente de este modo el amor —el eros— puede madurar hasta su verdadera grandeza.Hoy se reprocha al cristianismo del pasado haber sido adversario de la corporeidad y, de hecho, siempre se han dado tendencias de este tipo. Pero el modo de exaltar el cuerpo que hoy constatamos resulta también engañoso. El eros, degradado a puro «sexo», se convierte en mercancía, en simple «objeto» que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía. En realidad, éste no es propiamente el gran sí del hombre a su cuerpo. Por el contrario, de este modo considera el cuerpo y la sexualidad solamente como la parte material de su ser, para emplearla y explotarla de modo calculador. En realidad, nos encontramos ante una degradación del cuerpo humano, que ya no está integrado en el conjunto de la libertad de nuestra existencia, ni es expresión viva de la totalidad de nuestro ser, sino que es relegado a lo puramente biológico. La aparente exaltación del cuerpo puede convertirse muy pronto en odio a la corporeidad. La fe cristiana, por el contrario, ha considerado siempre al hombre como uno en cuerpo y alma, en el cual espíritu y materia se compenetran recíprocamente, adquiriendo ambos, precisamente así, una nueva nobleza. Ciertamente, el eros quiere remontarnos «en éxtasis» hacia lo divino, llevarnos más allá de nosotros mismos, pero precisamente por eso necesita seguir un camino de ascesis, renuncia, purificación y recuperación.

Mons. Salvador Cisneros Gudiño

P. Santa Teresa de Ávila

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