¿En dónde están los cielos?

Si se lo preguntas a un niño, señala con el dedo hacia arriba. Y no es bueno reírse demasiado aprisa. Con ello quiere decir más de lo que ha superado la visión científica, aquel «arriba» que no existe, porque en el fondo no existe ni el arriba ni el abajo absolutamente. Y si se lo preguntas más exactamente, el niño te responderá que «el cielo está donde está Dios».

Dios está siempre y dondequiera cerca del hombre. Pero su cercanía está cerrada e inaccesible. Sólo él podía abrirla. Y nosotros creemos que lo hizo. En derredor de Jesús, el Padre estaba cerca. Para él, el Padre estaba cerca enteramente, en infinito amor. Y hemos percibido sus palabras de intimidad, en las que habla de esa cercanía. Así, en torno a Jesús estaba el cielo, la cercanía abierta del Padre. Y él nos ha traído esa cercanía. Sabemos que en Jesús nos ama el Padre. Creemos en la gracia de su amor para con nosotros: que sus ojos nos miran, que su corazón se inclina a nosotros, que su mano nos guía. Creemos que el cielo está en derredor de nosotros…

Pero falta una cosa: no sentimos la cercanía de Dios. Está aún cerrada, pero por parte de nosotros. Por lo que nosotros somos, por la gravedad o pesadez de nuestro ser irredento, por la pereza e inercia de nuestro corazón, por lo malo en nosotros. El cielo se daría enteramente si Dios, por amor, nos abriera su cercanía e hiciera al mismo tiempo al hombre tan abierto que pudiera sentirla.

Sería mejor decir que el cielo está en camino hacia nosotros si nosotros mismos no lo alejamos. Toda nuestra vida cristiana consiste en que el cielo venga a nosotros, continuamente… Todo obrar bueno, toda fe, todo amor, todo sacrificio, toda perseverancia y progreso valeroso, todo nos acerca más al que ha de llegar. Toda frialdad, empero, e indiferencia, toda pereza y debilidad, toda soberbia y concupiscencia todo lo que se llama pecado, lo repele, le cierra el camino; y el cielo lucha. Quiere venir a nosotros. Como que es el amor de Dios que llega.

Grande es la idea de que Dios, el cielo, está de camino hacia mí… Que se apresura hacia mí… Que entro en una voluntad, y ¡qué voluntad! En un anhelo, y ¡qué anhelo! ¡Qué profunda resulta ahora la petición: «Venga a nos tu reino»…, el reino de los cielos!

 

Mons. Salvador Cisneros G.

Parroquia Santa Teresa de Ávila

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