Concepción Cabrera de Armida, Mujer del Siglo XXI

Pastoral para la Comunicación.- El Centro de Investigación y Difusión de la Espiritualidad de la Cruz de San Luis Potosí, a casi una década de la publicación de un artículo de autoría de Carlos Francisco Vera Soto, M. Sp. S. en el cual señala que “cuando el Papa S. Juan Pablo II la declaraba, el 19 de diciembre de 1999, a Concepción como una persona  Venerable, nos estaba asegurando que, después de estudiar su vida (por casi 40 años), sus escritos, sus obras apostólica, nos garantiza, con el peso de su autoridad pontificia, que esa laica mexicana, no sólo había tenido una vida intachable, sino admirable, imitable y digna de alabanza y veneración”.  El autor  Vera Soto realiza un breve recorrido y analiza algunos rasgos de la vida y obra de la hasta ahora Venerable Concepción Cabrera de Armida, los cuales describe en los siguientes aspectos:

Su vivencia familiar. Una de las facetas más interesantes de esta mujer que hoy ensalzamos es su vida familiar. Hija de ricos terratenientes, perteneciente a familias de abolengo, recibió una escasa educación académica pero una acendrada educación del corazón que la capacitó para ser una excelente esposa. Ella amó profundamente a su marido y fue una compañera fiel y solícita. Apoyó todos los aspectos de los negocios de su marido y fue su atinada consejera. Lo valoró e impulsó, de tal forma que aquel hombre se sintió pleno y completo con aquella compañera de camino que jamás le dio molestias o le obstaculizó su desarrollo personal. Llevaron un matrimonio feliz y armonioso, a pesar de las enfermedades, apreturas económicas o desajustes sociales y políticos.

 

Una vocación de madre, podríamos decir mucho, pero sólo resaltar algunas líneas sobresalientes. Tuvo 9 hijos a los que acompañó desde la cuna hasta que hicieron sus propias opciones y durante toda su vida. A algunos los acompañó también en su muerte: a Carlos, Pedro, Pablo y a Concha. Orientó y formó sus personalidades con absoluto respeto. Fomentó las vocaciones de ellos al matrimonio, a la vida religiosa y a la vida sacerdotal. Esta personalidad materna de Concepción, se alargó más allá de los límites de su propio hogar; sus hermanos contaban con ella, su madre, sus sobrinos y sobrinas; sus suegros y sus cuñados; sus amigas, muchos obispos y sacerdotes, incontables religiosas; supo hacerse útil para todos. Aquél que la necesitó encontró en esta mujer apoyo, consejo, consuelo, ayuda económica, sostén espiritual.

Una  mirada empresarial: Esta faceta es poco conocida en la vida de Conchita. Ella fue, primero, la consejera de su marido, quien todo le consultaba en cuestión de negocios; Francisco tenía un negocio propio de joyería y relojes. Más adelante, ya viuda, funda, junto a su hijo Francisco, la Casa Armida, que subsiste hasta el día de hoy. Fue la primera casa comercial que introdujo las máquinas de escribir en México. Esta empresa tuvo gran éxito y pronto se consolidó. Pero cuando hubo aquella histórica quiebra de la bolsa de Nueva York, conocida como el crack de 1929, la Casa Armida estuvo a punto de venirse abajo, pero Conchita consiguió un préstamo en 1931 con lo que el negocio, no sólo se mantuvo sino que volvió a florecer… y hasta el día de hoy.

Pluma de escritora: Los obispos que la conocían y sabían quién era, comenzaron a encargarle que escribiera obras de devoción, que se editaban, en México y en Barcelona y se vendían en España y toda América Latina. Conchita, caso inusitado para una mujer latinoamericana que ni siquiera ponía su nombre en las obras editadas, vendió casi 600,000 ejemplares de todos sus libros. Fue una difusora poco común del mensaje de salvación contenido en la Espiritualidad de la Cruz. Ella mandaba editar sus escritos en casa prestigiosas, le pagaban con libros que vendía, ayudada de librerías y de sus amigas, especialmente de las de México, Monterrey, Guadalajara, Morelia, Puebla, Querétaro. Fue un apóstol incansable de la palabra escrita.

Vivió un compromiso social: Conchita existió en un espacio temporal concreto, en una sociedad concreta, ella vivió en un contexto sociopolítico y religioso sumamente agitado. Quizá una etapa de las más sangrientas de nuestra historia pues le tocó vivir desde las consecuencias de las guerras de Reforma, la revolución mexicana, la guerra cristera, la persecución a la Iglesia y múltiples desajustes sociales y políticos; todos en un marco de guerra civil. Conchita no se encerró en sí misma. Desde su fe, oró y se sacrificó por su país; alentó a todos los católicos y especialmente a los sacerdotes con sus escritos. No se acomodó a los tiempos, sino que los cuestionó y a la vez, a través de sus escritos, contribuyó a la regeneración del tejido social proponiendo una vida de congruencia evangélica, de entrega diaria, de coherencia de vida.

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