Concepción Cabrera de Armida “Conchita”: Laica, mística y apóstol

Pastoral para la Comunicación. – La Arquidiócesis Primada de México aseguró que todo está listo para que este 4 de mayo, en la Basílica de Guadalupe, Concepción “Conchita” Cabrera de Armida se convierta oficialmente en la quinta mexicana en ser elevada a los altares. La ceremonia de beatificación será presidida por el Cardenal Angelo Beccui, Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, y participarán más de 80 obispos.

Por su parte, el P. Alfredo José Ancona, sacerdote Misionero del Espíritu Santo y postulador de la causa de Concepción Cabrera, explicó que “una causa inicia siempre donde muere la Sierva de Dios. En este caso, Conchita muere en la Ciudad de México”.

Nacida en San Luis Potosí en 1862, Concepción Cabrera fue la séptima de 12 hermanos. El 8 de noviembre de 1884, con 21 años, se casó con Francisco Armida. Fruto de su matrimonio, tuvo 9 hijos. Enviudó en 1901.  Fundó el Apostolado de la Cruz junto al sacerdote jesuita Alberto Mir y Mons. Ramón Ibarra, primer Arzobispo de Puebla, en 1895. Con ambos fundó en 1897 las Religiosas de la Cruz del Sagrado Corazón de Jesús, comunidad de religiosas de semi clausura en vida contemplativa. Junto a Mons. Ibarra fundó la Alianza de Amor con el Sagrado Corazón de Jesús, en 1909, y la Fraternidad de Cristo Sacerdote en 1912. Fundó los Misioneros del Espíritu Santo, sacerdotes religiosos, en 1914, junto a Mons. Ibarra y el P. Félix de Jesús Rougier Olanier. Falleció en 1937 en Coyoacán, Ciudad de México. En 1999 fue declarada Venerable por San Juan Pablo II.

El 9 de abril de 2018, el Papa Francisco aprobó la promulgación del decreto que reconoció el milagro atribuido a su intercesión. El P. Ancona explicó que el milagro “fue la curación del señor Jorge Treviño, que estaba prácticamente paralizado”.

La Conferencia del Episcopado Mexicano aseguró en junio de 2018 que “sin duda alguna podemos afirmar que la Historia de la Iglesia Católica en México durante el Siglo XX, no puede comprenderse sin ella. Tanto sus obras de apostolado, como escritos teológicos, constituyen una riqueza espiritual para la fe católica”.

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