San Felipe de Jesús, primer santo mexicano

Amabilísimos, asiduos y constantes amigos lectores: les hago llegar  el acostumbrado  mensaje semanal con  mis saludos cordiales y afectuosos aunados a mi deseo  de que sus días transcurran en paz y alegría. Que el amor incansable de Dios cuide y proteja a cada uno de ustedes que son sus hijos y  que han puesto en él  toda su esperanza. Así que ustedes son “la sal de la tierra”. Y además  “la luz del mundo”. Mira nada más. Creo que estas palabras no pretendía Jesús dirigirlas  sólo a sus doce apóstoles. Iban más allá, a  todos los que habrían de creer en él.  Los llamamos laicos, que no es lo mismo que decir cristianos de segunda. Simplemente no son  sacerdotes ni religiosos o religiosas. No importa. Ser sal significa tener en sí una fuerza  misteriosa. “Ustedes son la sal” significa que cada quien está llamado a dar el sabor de las cosas  de Dios a los demás. Ser luz quiere decir ser incandescentes y alumbrar el camino de otros con la luz de la fe, del amor y la esperanza. Que no seamos “candil de la calle y oscuridad de la casa”.  O como dicen: “en casa de herrero, azadón de palo”. O…. “nadie da lo que no tiene”. O…”el que es buen juez por su casa empieza”.  Este comentario es parte de lo que escuchamos en la misa de este domingo.  Amigos: el día 5 de febrero en lo que toca al calendario religioso,  más allá de celebrar el aniversario de la Constitución mexicana que se promulgó el 5 de febrero de 1917, celebramos la fiesta de san Felipe de Jesús quien fuera por mucho tiempo el único santo mexicano (iba a decir hecho en México). Colocaron la festividad nacional como para cubrir la religiosa.  Se llamaba Felipe de las Casas. Y nació en el Distrito Federal. De pequeño era un tanto travieso. Se cuenta que en el patio de su casa había una higuera seca. Un día alguien le dijo: Felipillo, Dios te haga un santo!. La haya o nana que escuchó dijo: Felipe será santo cuando esta higuera reverdezca. Cuando tenía unos 18 años su padre lo envió a Filipinas, buscando que pudiera comerciar especias que abundaban allá y traerlas al puerto de Acapulco en el galeón que  hacía la travesía. Estando allá un día sintió un fuerte llamado de Dios.  Tocó las puertas del convento de los Frailes Franciscanos.  Era quizá  por el año de 1590. Con mucho ánimo emprendió los estudios de la filosofía y teología. Tenía apenas 25 años.  Concluidos estos, obtuvo de sus superiores el permiso para venir a ordenarse sacerdote en México. Pero la providencia tenía otros planes. Cuando navegaba,  el barco en que venía  naufragó y fue a atracar a las costas de Japón en donde se desarrollaba una furiosa persecución contra los cristianos. Fue aprendido con sus compañeros y conducido a Nagasaki. El 5 de febrero de 1697 moría en ese lugar clavado como Jesús en una cruz. Se dice que sus últimas palabras fueron: Jesús, Jesús, Jesús. Pero la víspera alcanzó a escribir esta cartita que encontrarían quizá entre su ropa. Es todo un mensaje para nosotros. Leámosla con atención. “Queridos padres y amigos: la noche pasa rápida. Mañana moriré ejecutado en la cruz, pero no tengo miedo. Mi pensamiento vuela a ustedes y a mi patria querida. Ahora que estoy para recibir el bautismo de sangre, recuerdo que fui bautizado en la Catedral de México y las veces que asistí a Misa en san Francisco de Plateros. Lamento los años que perdí, buscando mis apetitos, egoísta y disipado. Bendito sea Dios que vino en mi ayuda y comprendí que no valía la pena vivir para eso. Quise ser misionero pero Dios me premia antes del trabajo, concediéndome dar mi vida para probar mi amor. Lamento no haber vuelto a México, aun cuando fuera apenas un día, pero volveré. Estoy cierto de que volveré a decirles a todos que la verdadera vida, por la que vale la pena morir, es la vida eterna. Paz y bien. Fray Felipe de Jesús”. Se dice que el día en que lo hicieron santo, la higuera reverdeció. Pido de Dios su bendición para todos.

Mons. Eduardo Ackerman D.

Parroquia Santa María Reina de la Paz

eduardoackerman@yahoo.com.mx

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