Una visión integral y trascendente del hombre

Junto con otros actores de la sociedad, la Iglesia católica participa en la construcción de nuestra cultura. Ofrecemos la cultura de la vida, aportando lo que nos es más propio, a partir de la cosmovisión del mundo y sobre todo de la concepción que del hombre tenemos, que se caracteriza por su trascendencia, su dignidad inviolable y su realización eminentemente social.

Es nuestra visión del hombre la que queremos ofrecer, en tanto que reconocemos que él es el medio, sujeto y fin de toda cultura, de toda actividad humana y dinámica social. Creemos que el hombre es un ser complejo de eminente dignidad. Es un espíritu encarnado que con su inteligencia y libertad participa en la construcción del mundo. Que por su individualidad es idéntico a sí mismo y diferente a los demás. Por su sociabilidad se encuentra vinculado esencialmente a la comunidad, al cosmos y por supuesto a Dios. Su bien personal y el bien de la comunidad son sus objetivos. Recibe influencias exteriores e interiores que lo condicionan, pero no lo determinan. Posee derechos que emanan de su propia naturaleza, que siempre se le deben respetar.

La dignidad del hombre para nosotros no sólo se deriva de su naturaleza, sino de su calidad de hijo de Dios, así como de haber sido redimido por Cristo y llamado a la felicidad eterna. El hombre tiene como principal realización y expresión el amor por los demás y por ello debe preocuparse, no sólo por asistirlos en sus necesidades, sino también por promover todos los cambios que hagan posible un ambiente propicio para el desarrollo integral de todo el hombre y de todos los hombres.

Nuestros males no son de orden práctico u operativo solamente; no radican en la ausencia de una voluntad de cambio; sino que están principalmente en el modo de concebirnos, de entendernos, de mirarnos a nosotros mismos.

Hoy presenciamos manifestaciones culturales que hunden sus raíces en la crisis del sujeto que es cada vez más egocéntrico, contradictorio consigo mismo en tanto que busca afirmar “sus propios derechos”, rechazando los derechos de los demás y sus fundamentos. Ante una cultura fragmentada en su camino a la verdad e imposibilitada para encontrarse con el sentido de trascendencia, la auténtica religiosidad abre espacios nuevos para la experiencia humana, necesitada siempre de algo más que respuestas inmediatas, que lo lleven a dar sentido pleno a su existencia.

 

Mons. Salvador Cisneros

Parroquia Santa Teresa de Ávila

 

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